Artículos en La Voz

la-voz-logo

La Voz del Interior, el diario más importante del interior del país, publica todos los martes desde 2005 la columna “Fraternidad Religiosa” en la sección de Opinión.

Allí, cada semana, los religiosos que conforman el COMIPAZ escriben una reflexión sobre los más variados temas, partiendo de los enfoques de sus tradiciones y su visión personal.

En este blog aparecerán publicados los artículos del año 2009.

Para ver artículos anteriores, entrar a www.lavoz.com.ar

Martes 4 de agosto de 2009

¿Otra vez el celibato católico puesto en jaque?

Juan José Ribone
Sacerdote católico. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

A raíz de los varios hechos acontecidos en el interior de la Iglesia Católica con respecto a algunos sacerdotes que se enamoran (casos: Mendoza, S. M. Laspiur, Paraguay y Miami), se enciende una luz de advertencia, de crítica y, especialmente, la consideración siempre antigua y nueva del celibato.

Ciertamente que en muchos fieles puede causar escándalo o asombro, y en otros, una actitud más misericordiosa que no ve con malos ojos que un hombre que ha sido investido del ministerio sacerdotal organice su vida de otra manera. Para muchos el celibato no deja de ser una disciplina que en la Iglesia debe abandonarse o al menos ser optativa, y para otros, el celibato es visto como esencial y absoluto.

En la Iglesia Católica, cuando alguien deja el ministerio, hay un proceso eclesiástico que le permite casarse, aunque sin ejercer el ministerio. Muchos cuestionan también esta situación, porque se priva a la Iglesia de personas formadas que pueden hacer un aporte muy rico a la vida eclesial.

Pero cuando alguien deja el ministerio, una y otra vez, aparece en el horizonte de las discusiones el tema del celibato: celibato sí, celibato no. Y los medios de comunicación social aprovechan las circunstancias para dar la noticia con cierta sorna de que algún sacerdote abandonó los hábitos, porque se enamoró de una chica, o porque llevaba una vida doble, u otras tantas situaciones.

El celibato sacerdotal fue siempre cuestionado porque para muchos es antinatural, o porque se convierte en una sospecha permanente. Muchos pensarán que si el sacerdote optó por el celibato es porque en el fondo esconde vaya a saber qué cosa rara o sospechosa. Pareciera ser que es imposible vivir el celibato.

La formación académica, moral, espiritual, humana de un sacerdote es muy intensa, seria y responsable. Después, cada uno es responsable de aquello que elige, que hace o deja de hacer para mantener viva la llama inicial de la entrega a Dios y a la Iglesia.

Pareciera ser que las pulsiones sexuales de un varón que opta por ser soltero o célibe son imposibles de contener, educar u ordenar. Nadie niega que un sacerdote pueda enamorarse de una mujer, porque de hecho se ha dado y se da, y esto no debe causar tanto escándalo; si abandona su ministerio para formar una familia, se lo debe asumir con la mayor naturalidad posible, y encauzar la vida del mejor modo posible. Tampoco esto tiene que tirar abajo la fe de la gente.

Los seres humanos somos seres humanos imperfectos, débiles y a su vez también con talentos y capacidades. Cuando una persona es ordenada en el sacerdocio, ni la imposición de manos del obispo, ni la oración de consagración nos inmunizan contra cualquier tentación o dificultad en la vida; lo mismo sucede con el matrimonio. Creemos que la ayuda de Dios, que llamamos gracia, sostiene nuestras vidas como la de los matrimonios. Sin embargo, no nos libra de la tarea permanente de luchar y de amar, de encauzar nuestras pulsiones, de trabajar nuestra psicología, espiritualidad y humanidad.

Como todo ser humano, también sufrimos la soledad, también conocemos de los embates de la vida, también sufrimos, nos alegramos y lloramos. También un matrimonio sufre la relación entre las personas, y no pocas veces, la cuestión sexual en la pareja se convierte en una pesada carga, que tensiona sus vidas.

Por lo tanto, no podemos decir que el matrimonio o el celibato son fuente de perversidad o de corrupción. Pero me da mucha bronca cuando se denigra el celibato, porque lo hemos asumido con responsabilidad, con seriedad y sabíamos a lo que nos disponemos.

Es verdad que la Iglesia Católica, especialmente, puede revisar esta disciplina que no es un dogma, sino eso, una disciplina, que está reglada por el derecho canónico; pero considero que no es esencial al sacerdocio. Así como alguna vez en la Iglesia Católica el sacerdocio estuvo abierto al matrimonio, como hoy lo tienen las iglesias ortodoxas y en ellas nihil obstat al sacerdocio, la Iglesia debería considerar seriamente la disciplina del celibato, no para abolirlo, porque es una gracia y un don, sino para posibilitar la otra opción: el matrimonio.

Por más que haya una cantidad de sacerdotes que ha dejado el ministerio, esto no significa que de un día para otro la Iglesia cambie la disciplina. Esto deberá ser motivo de mucha reflexión y discernimiento eclesial. Tanto si somos célibes como si se forma una vida de familia, estamos llamados a ordenar el propio corazón, la voluntad y la libertad.


Martes 28 de julio de 2009


Si querés llorá, llorá

Marcelo Polakoff
Rabino. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

Una vieja anécdota relata que Napoleón salió una noche vestido de hombre simple, y caminando llegó hasta al barrio judío. Para su sorpresa, encontró a todos reunidos en la sinagoga, sentados en el piso con libros en sus manos, los cuales leían en voz muy baja, con una triste melodía. Algunos sollozaban, otros suspiraban. Napoleón no salía de su asombro. Sabía que no había expedido ningún decreto en contra de los judíos. Napoleón preguntó: “¿A qué se debe esta terrible lamentación? ¿Acaso el pueblo judío ha sufrido alguna tragedia de la que no me he enterado?”. “Su majestad –respondió el presidente– , fuimos víctimas de una tragedia que no puede describirse con palabras. Nuestro Templo Sagrado ha sido destruido y hemos perdido nuestra soberanía sobre nuestra tierra”. “No sabía que les había ocurrido una tragedia a mis súbditos judíos”, dijo Napoleón. “¿Cuando fue que sucedió?” “Hace mil ochocientos años, su majestad” “¡Mil ochocientos años! ¿Y siguen lamentándose?”, pregunto Napoleón. Entonces agregó “¡Ahora entiendo por qué son un pueblo eterno! Han visto pasar grandes imperios, que estuvieron en la cima de su grandeza, y que sin embargo cayeron sin volver a levantarse. Pero yo estoy seguro de que ustedes permanecerán a través de las épocas y finalmente retornarán a la Tierra de Israel, reconstruyendo el Templo. No sé cuando sucederá. Quizás en un año, un siglo o dos, pero estoy seguro de que así será”.

La fecha exacta de esa velada parisina caerá este año, mañana miércoles por la noche, cuando en todas las sinagogas se vuelva a repetir ese triste ritual para recordar viejas (y nuevas) tragedias populares. Desde las dos destrucciones del Templo de Jerusalén (hace 2.500 y 2.000 años aproximadamente), pasando por las expulsiones de los judíos de Inglaterra en 1290 y de España en 1492, hasta algunos eventos que llevaron a las guerras mundiales, este día –el 9 del mes de Av– concentra en sus escasas 24 horas enormes cantidades de dolor y muerte, que se sobrellevan a través de un ayuno completo y la lectura del Libro de las Lamentaciones.

No se trata del ya famoso “si querés llorar, llorá”, sino del sentido del llanto.

Porque cuando la lágrima es preparación de un futuro mejor, no vale la pena licuarla, tal como lo entendiera perfectamente el emperador francés. En todo caso se debiera acumular su liquidez para invertirla en reparar aquello que la produjo, constituyéndose así el dolor en uno de los materiales más puros de todo tipo de reconstrucción.

Los rabinos crearon en la época talmúdica una historia que pone de relieve las angosturas humanas. Aquí va.

Vivía un hombre muy prominente en Jerusalén que tenía un amigo llamado Kamtza y un enemigo llamado Bar Kamtza. Su gran afecto por su amigo Kamtza era sólo igualado por su intenso odio por su enemigo Bar Kamtza.

Un día este hombre hizo una gran fiesta y envió a su sirviente con una invitación personal para Kamtza. Sin embargo, con todo el fervor del momento, el sirviente se confundió y despachó la invitación a Bar Kamtza.

El anfitrión estaba sorprendido de encontrar a su enemigo Bar-Kamtza en la fiesta. “Tú sabes que te odio, “ le gruñó. “¿Por qué viniste?”

“Lo siento”, respondió Bar Kamtza. “Pensé que querrías reconciliarte. Sin embargo, dado que ya estoy aquí, déjame quedarme para no pasar la vergüenza de verme arrojado a la calle. Te pagaré gustoso por lo que coma o beba en la fiesta.” “No, no te tendría por nada en el mundo. Fuera.” “Por favor, te pagaré por la mitad del costo del total de la fiesta…”. “¡Fuera!” .”Te pagaré por el total de la fiesta…” “¡Fuera!” Al vacilar Bar Kamtza, el anfitrión lo agarró y lo arrojó fuera de su casa. Bar Kamtza pensó: “Había algunos sabios ahí, y sin embargo nadie protestó en contra de este acto vergonzoso. No merecen vivir. Me vengaré de todos ellos…”.

Entonces Bar Kamtza fue a Roma e hizo una acusación falsa en contra de sus hermanos judíos frente al Emperador Romano. “¡Los judíos se han sublevado!”, le dijo. “No te creo. ¡Pruébalo!”, lo desafió el emperador. “Envía a un becerro para ser sacrificado en el Templo por tu bienestar y verás que los judíos se negarán a ofrecerlo”. “Muy bien. Llévate uno de mis mejores becerros a Jerusalén inmediatamente”. En el camino, Bar Kamtza le hizo una pequeña herida al becerro en su labio. Ese defecto menor no era considerado significativo para los romanos, pero para los judíos hacía al animal inadecuado para ser sacrificado. Cuando el Emperador vio que su sacrificio había sido rechazado, decidió enviar un ejército para sofocar la “sublevación” y destruir el Templo de Jerusalén y exilar al pueblo judío.

Odio gratuito, le dicen. Pequeños dramas que se convierten en gigantes desastres cuando el liderazgo no está a la altura de las circunstancias, y cuando lo personal se mezcla con la política

Temas recurrentes en la vida de toda sociedad, también en la nuestra. Y aún así agradezcamos, porque todavía estamos a tiempo de transformar el llanto en manantial.

Martes 21 de julio de 2009

La fe y la razón

Daniel E. Annone
Pastor Evangélico. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz. ( Comipaz)

Aunque algunos opinen distinto, la fe y la razón no son antagónicos sino complementarios.

Hay que saber distinguir entre fe y credulidad. Hay personas que simplemente creen sin analizar los fundamentos de ese creer. Basta recorrer la historia de las creencias para llegar a conclusiones muchas veces risueñas sobre distintos objetos de fe. Las rutas están llenas de esas expresiones con altares populares carentes de fundamento serio. Si hasta al ex futbolista Diego Maradona algunos lo han presentado como dios y han creado una iglesia maradoniana… La lista es inmensa y a veces ridícula.

La Biblia habla mucho de la fe y exalta su valor. Al patriarca Abraham se le llama “el padre de la fe” y las religiones monoteístas le tenemos como ejemplo de fe. Es condición básica para agradar a Dios el tener fe.

Sabemos que la humanidad, desde siempre, necesitó de fe para interpretar los grandes misterios que la ciencia de su tiempo no les podía explicar. Lo que es incomprensible es que cuando los misterios fueron develados, por una cuestión de “fe” se sigan creyendo mitos inexistentes o negando verdades demostradas. Una mala lectura de la Biblia ha llevado a muchos a creer que el mundo y la especie humana tienen alrededor de unos seis mil años. Los descubrimientos arqueológicos y los restos fósiles hablan de la existencia humana poblando la Tierra desde la época de las cavernas y aún mucho antes.

Después de analizar las distintas teorías sobre el origen del universo, ver sus limitaciones y fallas, me quedo con la teoría creacionista que dice enfáticamente y mejor que nadie “que en el principio creó Dios los cielos y la tierra”. Ahora bien, el Dios creador pudo utilizar la gran nebulosa de La Place, o tal vez el Big Ban, pero de lo que no hay dudas es que la fe llega mucho mas allá de lo que alcanza la ciencia tan limitada.

Las religiones, muchas veces, han utilizado salidas fáciles a problemas difíciles de explicar, pidiendo a los fieles que simplemente crean y que no piensen.

Aun el cristianismo está lleno de mitos, apariciones y revelaciones sin sustento alguno y que no soportan ningún razonable estudio. Por ello, los cristianos Evangélicos insistimos en utilizar a la Biblia como única regla de fe y práctica y desterrar por completo las supersticiones populares.

Jesús dijo: “Al que cree todo le es posible” (Mateo 9: 23).

Estamos hablando de la verdadera fe, no de simple credulidad. La credulidad es creer cualquier cosa con ingenuidad; la credulidad no soporta la razón, la verdadera fe sí, y se basa en el conocimiento y la razón.

Si una persona debe tomar un remedio pero se equivoca de frasco e ingiere un veneno, por más que crea que está tomando su buen remedio morirá envenenado. Cuando Jesús habla de fe se refiere a una fe correcta que tiene un verdadero objeto de fe. No es lo mismo creer en Dios que creer en una simple superstición.

El verdadero cristianismo no apela a una fe irracional sino a una fe basada en el conocimiento; por ende, en la razón. San Pablo decía que “la fe viene por el oír, y el oír por la Palabra de Dios” (Romanos 10:17), o sea por el estudio de la Biblia, que es palabra de Dios. También afirmó: “Yo sé a quién he creído..” (II Tim. 1:12). Su fe no era simple credulidad, sino una fe asentada y respaldada por la razón, porque había llegado a conocer personalmente a Jesucristo como el hijo de Dios y redentor de la humanidad.

Hoy, como nunca antes, la fe y la razón se encontraron y juntas desentrañan los grandes misterios. La fe necesita de la razón para fundamentarse y estar plenamente segura en lo que cree, y la razón (la ciencia) necesita de la fe para llegar más allá de lo que sola puede alcanzar.

Es interesante que la inmensa mayoría de los grandes científicos, cuando comienzan sus carreras, son ateos y al pasar los años y profundizar en tantos misterios, se vuelven verdaderos creyentes.

Se puede creer sin saber por qué se cree, simplemente por fe, o se puede creer sabiendo por qué se cree, y esto sí satisface plenamente al creyente.

La Biblia nos enseña que debemos analizar, estudiar, razonar y fundamentar la fe. Desterremos el mito de que la fe es ignorancia, porque la fe necesita del conocimiento para ser verdadera fe, estar bien fundamentada. Así será la fe que salva, transforma y asegura la salvación eterna al verdadero creyente.

Usando la razón, estudiando la Palabra de Dios, podemos afirmar con verdadera fe que quien cree en el Señor Jesucristo tiene vida eterna.

© La Voz del Interior

Martes 14 de julio de 2009
Fraternidad religiosa

La amistad

Alí Alejandro Badrán
Imán. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

El islam es una religión de unión y amistad, permite relacionarse y conocerse a toda la gente; las personas no deben aislarse ni mantenerse lejos de su entorno natural, no deben vivir enclaustrados ni aislados sin contacto con el mundo, porque Dios ha creado a los seres humanos para que vivan en comunidad, para que sean sociables y fomenten la bondad entre todos.

El profeta Mahoma decía: “El creyente que se relaciona con la gente es mejor que aquel creyente que se mantiene aislado de sus semejantes”.

Las amistades influyen en la conducta de las personas; esta influencia puede ser positiva o negativa, ya que el trato con los amigos nos lleva consciente o inconscientemente a incorporar en nosotros actitudes de ellos a corto o mediano plazo. Si estas amistades son sinceras y sanas, Dios nos las previene en una frase del Corán: “Podrá llegar un día en que los amigos se conviertan en enemigos uno del otro, pero los creyentes pueden quedar tranquilos porque Dios nunca los abandonará” (43-67).

En cuanto a las relaciones sociales, el que se aísla no puede hablar con nadie ni propagar sus ideas, como tampoco defender su forma de actuar y de pensar. Cuando sucede algún conflicto y uno no comparte las razones de ese problema, debemos aplicar uno de los tantos consejos que nos dejó nuestro Profeta: “Quien presencie una mala acción que la cambie con su mano; si no puede, que lo haga con la palabra, y si tampoco puede, que lo haga con el corazón”.

Las amistades influyen mucho en la gente. Por eso tenemos que conocerlos bien y elegirlos antes de aceptarlos como amigos. Cuando las amistades cercanas ayudan a cumplir con nuestros deberes, éstos son los verdaderos amigos, y uno debe tener en cuenta estas amistades y cuidar de ellas.

Debemos apartarnos siempre de la gente que nos aleja del buen camino. El buen amigo tal vez nos lleve al triunfo en esta vida, pero el mal amigo puede hacernos daño en nuestra persona. Por eso el Profeta también nos decía: “Las personas generalmente tienen el carácter parecido al de sus amigos; por ello tenemos que elegir bien a nuestros verdaderos amigos”.

No debemos aislarnos, pero sí debemos pensar cuando entablamos nuevas relaciones; debemos ser moderados y seleccionar con quiénes nos relacionemos; tenemos que saber elegir nuestras amistades y saber aceptarlas o rechazarlas.

La mejor cualidad de un buen amigo es que su amistad sea desinteresada; por tanto, se hace más fuerte con el tiempo. Dios nos pide que les demos valor y sepamos elegir a nuestros amigos, como nos dice en el Corán: “Cuando la amistad es valiosa y afectuosa, nos ayuda a solucionar los problemas” (26-97 y 98).

La base de la amistad se construye con la fe y la adoración a Dios, pero se fortalece mucho más cuando se aleja de todo lo malo; éste era el criterio que seguían los amigos y compañeros del profeta Mahoma, a quienes los unía una extraordinaria amistad entre ellos. Los amigos deben conocerse bien y expresar sinceramente sus sentimientos, sin ofender jamás el uno al otro.

Un buen amigo es como un buen perfume, mientras que un mal amigo es como una fogata, que nos puede afectar con el calor o con el humo.

La historia nos cuenta de muchos casos en que algunos enemigos se convirtieron en grandes amigos. Un caso especial es el de Zumamah, un gobernante de un reino de la península arábiga en la época en que recién nacía el islam. En una de las tantas incursiones que este rey realizaba contra las poblaciones vecinas para expandir sus dominios, decidió atacar a Medina, que en ese entonces era gobernada por el profeta Mahoma, pero fracasó y fue tomado prisionero.

Al ser reconocido y presentado ante el Profeta, éste ordenó a sus hombres que lo trataran de la mejor manera posible, de acuerdo con el rango que tenía, a pesar de que era uno de los más acérrimos enemigos del islam. Grande fue la sorpresa de Zumamah por este buen trato que recibía de alguien a quien tan ferozmente había combatido y hasta eliminado a muchos creyentes.

Mahoma, que siempre perdonaba a sus contrincantes y que jamás tomó represalias contra nadie, ordenó que lo dejaran en libertad y que nadie tomara ninguna revancha por todo el daño que antes les había ocasionado. Esta acción causó un impacto tan fuerte en Zumamah, que no sólo él y todo su pueblo se convirtieron al islam, sino que también se convirtió en uno de los mejores amigos del profeta Mahoma.

El próximo lunes recordaremos el Día del Amigo, que bajo el tema de “Un pueblo de amigos es una nación imbatible”, nos hace ver que es una celebración ética, sin fines de lucro ni de fomento al consumo.

Un saludo de paz a todos los amigos.

Uas salamu alaicum (la paz sea con todos).

© La Voz del Interior

Martes 07 de julio de 2009
Fraternidad religiosa

Argentina, levántate y anda
Juan José Ribone
Sacerdote católico. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

Celebramos el 9 de Julio un nuevo aniversario de nuestra Independencia nacional. Es una fiesta patria que, como la del 25 de Mayo, marca un momento histórico fundamental. Fiestas que llaman a la reflexión no sólo sobre lo que aconteció por aquellos días, sino sobre el presente y el futuro del país. En la ciudad de Córdoba se realizará una celebración interreligiosa en la Iglesia Santa Catalina, mañana, participando no sólo la Iglesia Católica (que habitualmente ha tenido a cargo los oficios religiosos para estas fiestas), sino que contará con la presencia de las tradiciones religiosas nucleadas en el Comipaz y también con las diversas confesiones cristianas del Centro Ecuménico. En un país con una mayoría creyente, es justo y necesario que estemos unidos, más allá de nuestras diferencias, en una oración común. También esto es educativo para la sociedad: aunar esfuerzos, trabajar juntos por el bien común. Son los pequeños granos de arena que fortalecen la convivencia y las instituciones.

Sin lugar a dudas que la recuperación de la democracia es un hito refundacional de Argentina, uno de los mayores logros que es necesario preservarlo siempre, pero que a la vez, exige una constante profundización. A lo largo de estos años, con los diversos cambios de gobierno, hemos asistido a diversos cambios de modelos, con altibajos, con momentos de crecimiento económico, pero también con picos de depresión. La sensación que nos queda es que no vivimos una estabilidad económico-social sustentable y previsible en el tiempo. Las elecciones del pasado 28 de junio revelan un descontento en la sociedad que pide un cambio de rumbo, más diálogo, más consensos y menos confrontación. Pareciera que el gobierno aún no logra capitalizar ese reclamo social, ya sea por su autismo o por su posición ideológica cerrada.

Marcos Aguinis en su libro-panfleto titulado Pobre Patria mía, aludiendo a una frase de Manuel Belgrano, reconoce un retroceso del país: “Fuimos ricos, cultos, educados y decentes. En unas cuantas décadas nos convertimos en pobres, maleducados y corruptos. Geniales”. Yo también creo que Argentina ha nivelado para abajo y no para arriba, ha bajado su nivel de excelencia para convertirse en un país mediocre. Algunos programas de televisión han fomentado y creado una subcultura de la banalización y la mediocridad que da rating. Poco les importa, si educan o alienan a la sociedad.

La pobreza ha crecido pavorosamente en el país a causa de una política dadivosa que llaman “de inclusión social”, pero que deja a la gente sumida más en la pobreza. La pobreza es una llaga lamentable de la sociedad.

En vez de haber atacado de raíz el tema de la droga, se lo dejó crecer y crecer, siendo ahora, el abono de la violencia y de la inseguridad. Y no faltan funcionarios que quieren despenalizar el consumo de la droga, dejando las puertas abiertas aun más a la deriva moral de los jóvenes. San Juan Bosco utilizó en su tiempo, en la mitad del siglo XIX, el llamado método preventivo para que los jóvenes pudieran trabajar, estudiar y forjarse un futuro y no vivir en la miseria. Ese es el método preventivo que hubimos de implementar en su momento. Ahora, hay que abrir casas de recuperación para adictos.

Y qué hablar de la educación, el mejor método preventivo para vencer la ignorancia y tener posibilidades de desarrollo, capacidad de discernimiento y abrirse paso en la vida. La calidad educativa ha disminuido considerablemente según uno puede percibir. No se trata sólo de leer y de escribir, que por otra parte, hay una verdadera falencia en este campo. No se fomenta ni se promueve una auténtica educación de los valores. Nos hemos vuelto irrespetuosos y maleducados. Y parece toda una hazaña. ¡Pobre Patria mía!

Y qué decir de los funcionarios que, por estos días, están sospechados de enriquecimiento ilícito, que mientras están en el poder amasan fortunas y se creen los dueños de la sociedad y con una gran impunidad. Se dice que este es un modelo populista, pero los funcionarios viven como bacanes. Esperamos que la Justicia se revista de justicia y actúe en consecuencia.

Alguna vez, ¿los argentinos tendremos la esperanza cierta de que algunas o muchas cosas puedan cambiar de verdad en el país? Como acaba de advertir Benedicto XVI a raíz de la cuestión socio-económica en el mundo: hay que inyectar una dosis de ética en todos los ámbitos. Y mientras no percibamos la importancia de valores morales que sustenten la vida institucional de la sociedad y de los individuos, seguiremos a la deriva. No hay desarrollo humano, social y económico sin ética.

Que este nuevo aniversario de la Patria nos encuentre más unidos para construir entre todos, un modelo de sociedad más excelente, más educada, más culta, más previsible y menos populista y mediocre.

Argentina, levántate y camina en tus ciudadanos honestos y trabajadores, en tus habitantes comprometidos con el esfuerzo y el sacrificio de cada día.

© La Voz del Interior

Martes 30 de junio de 2009
Fraternidad religiosa

Acordando desacuerdos
Marcelo Polakoff
Rabino. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

Terminaron las elecciones. Lo que no ha terminado, en todo caso, son las lecciones. ¿O no sabemos acaso que el sólo acto del sufragio no garantiza en modo alguno el aprendizaje de una conducta democrática?

Es cierto que desde el cuarto oscuro se puede iluminar este sistema, pero no es menos cierto que si la vocación ciudadana se acaba en el límite de aquel cuarto a la espera de los nuevos comicios, dichos reflejos luminosos serán apenas perceptibles en lo cotidiano. Así, aún cuando tengamos representantes democráticamente seleccionados, todavía estaremos a la búsqueda de una actitud respetuosa y pluralista que abarque la totalidad de la vida nacional.

Nos queda mucho por aprender. Y mucho más aún en el campo de las diferencias.

Fuimos testigos hasta el hartazgo de la pobrísima calidad de nuestra clase política para llevar adelante controversias y debates constructivos. Pero esa clase no es la excepción, ya que todos nosotros como argentinos –de alguna u otra manera– no estamos muy entrenados que digamos en el arte del desacuerdo.

En la tradición hebrea, con casi cuatro mil años de práctica discursiva y hermenéutica, el tema de las disputas evidentemente también es disputado.

Un texto talmúdico ilustra al respecto: “Toda disputa que es por una buena causa finalmente será fructífera, y la que no es por una buena causa finalmente no lo será. ¿Cuál es la disputa que es por una buena causa? La disputa entre Hilel y Shamai. ¿Y la que no es por una buena causa? La disputa de Kóraj y toda su asamblea”.

Kóraj (en castellano Coré) era el prototipo de aquel que polemizaba exclusivamente por cuestiones de poder. Y pese a disfrazar sus mezquinos objetivos con argumentos de alto contenido filosófico, la Biblia lo describe en el capítulo 16 del Libro de Números, como aquel que no hace más que trepar a fin de alcanzar una autoridad que le permita “servirse de”, pero jamás “servir a”.

La disputa entre Hilel y Shamai, las clásicas bimilenarias escuelas rabínicas del Talmud, es –por su parte– un modelo a imitar. Ambas corrientes perseveraron en disentir durante tres años hasta que se definió que sendas opiniones eran válidas. De cualquier manera, en cuestiones de ley prevaleció casi siempre la postura de Hilel. ¿Por qué? El mismo texto responde señalando “porque eran amables y humildes, y analizaban también la opinión de su adversario”.

Esta virtud de la divergencia, embebida en un profundo reconocimiento a la pluralidad de las versiones, no era una mera postura simulada. Era un compromiso inexorable con la certeza de saberse humanos, y por ende, falibles. Era un puerta abierta al aprendizaje, aún si proviniera de un casual contrincante.

La palabra hebrea para definir semejantes discrepancias es majloket, un vocablo que proviene de jelek, cuyo significado es “parte, porción”. Un testimonio lingüístico que adelanta en su misma semántica la función más preciosa de todo debate: el repartir (y si se puede aumentar, mejor) las porciones de la verdad que han sido puestas en consideración. No es poca cosa a la luz de lo que solemos escuchar.

Es que –a Dios gracias– ya nadie discute las bondades del pluralismo. Hemos superado esa etapa, y no sin enormes costos. Lo que está ahora en el tapete tiene que ver con cómo ejercerlo, con cómo madurarlo. Precisamos avanzar unos escalones más.

Los sabios judíos nos recuerdan con picardía que tenemos dos oídos y una sola boca para que nos quede claro que debiéramos escuchar el doble de lo que decimos.

Y es tiempo también de acordarse que “acordar”, esa hermosa palabra de nuestro castellano, tiene su origen en “cordis”, que no es otra cosa que “corazón”.

Si las renovadas cámaras que hemos elegido no renuevan sus bocas, sus oídos y sus corazones, no habremos aprendido la lección para acordar desacuerdos. Y entonces, nos seguiremos quedando sin luz, sin cámaras, y sin acción.

© La Voz del Interior

Martes 23 de junio de 2009
Fraternidad religiosa

Sepamos elegir

Daniel Annone
Pastor Evangélico. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

Aunque estamos saturados y hasta un poco cansados con tanta “política”, esa de agresiones personales y promesas que, seguramente, jamás se cumplirán, porque son sólo eslóganes de campaña para atrapar votantes indecisos, como argentinos debemos comprometernos activamente con el futuro de nuestra nación.

Los cristianos evangélicos creemos en el valor de la democracia, en la importancia de la participación ciudadana y, desde los púlpitos, instamos a los fieles a participar, convencidos de que “si la gente honrada huye de la función pública, los pillos toman la Casa Rosada”, como lo decía Sarmiento. Por lo tanto pedimos que mediten, analicen y se involucren en la vida ciudadana participando en partidos políticos, ya sea como electores o elegidos, para servir al país.

Jesús dijo: “Vosotros sois la sal de la tierra”… (San Mateo 5:13) y la sal no sirve para nada dentro del salero, cuando se derrama en los alimentos allí sí cumple su misión de dar sabor. Un fiel cristiano recluido en las cuatro paredes de la Iglesia sirve para poco, pero participando en acciones ciudadanas contribuye positivamente con la sociedad. Por ello lo alentamos a participar en acciones políticas y sociales a través de cooperadoras, cooperativas, ONG, partidos políticos, etcétera, con lealtad a sus principios de honestidad y corrección.

Lo que jamás se hace en los púlpitos evangélicos es hacer “política” a favor de un determinado partido, ni siquiera por aquel partido que cuente en sus listas con un evangélico como candidato. En las bancas de toda Iglesia se sientan personas libres, que pertenecen o apoyan a distintas expresiones políticas, por ello desde el púlpito se respeta a todos en su libertad individual de escoger. No existe un partido político evangélico ni tampoco un partido al que se apoye o bendiga en forma particular.

La Asociación de Iglesias Cristianas Evangélicas de la República Argentina, Aciera, acaba de emitir un comunicado instando a todo evangélico a involucrarse en los destinos de la nación, pero aclarando enfáticamente que la entidad y los evangélicos no apoyamos a ningún partido ni candidato, siendo responsabilidad de cada uno elegir al que considere que debe apoyar y votar como ciudadano.

Qué importante es poder participar y elegir. Qué importante es ser elegido en libertad.

Por ello exhortamos a meditar profundamente el voto a emitir. Analizar del candidato sus antecedentes y sus propuestas y decidir en la intimidad de cada uno a quién votar, y una vez decidido, en plena libertad, buscar el voto y tenerlo listo al ir al lugar de votación.

Puede ocurrir que en el cuarto oscuro se hayan agotado las boletas de su candidato y ¿qué haría entonces?, ¿no votar?, ¿votar por otro?, ¿pedir que repongan las boletas y revelar por quién desea votar? Por éstas y otras razones exhortamos a llevar la boleta elegida en el bolsillo, para introducirla en el sobre que le entreguen en la mesa electoral.

Dios nos ha hecho seres libres, con capacidad de elegir. En estos días somos aturdidos con tanta publicidad política. No nos dejemos atropellar, meditemos, analicemos y votemos con plena libertad, en acuerdo con nuestra conciencia. Escojamos lo que creamos mejor para el bien y futuro de nuestra amada patria. Elegir es un privilegio y también una gran responsabilidad.

Durante toda la vida estamos eligiendo y nuestras elecciones siempre definen nuestro futuro. Elegimos la profesión con la que nos insertamos en la sociedad, elegimos al compañero o compañera de nuestra vida y, sin lugar a dudas, la más importante elección es la que se relaciona con nuestra fe y con el destino eterno de nuestras almas.

Sabemos que la religión no es hereditaria, es una elección personal. Jesucristo se ofrece como esperanza de vida eterna. Millones y millones que un día aceptaron a Jesucristo como su salvador personal dan testimonio de que esa fue la decisión más importante de sus vidas, que les permitió vivir felices de una manera maravillosa, con un poder especial para vencer y triunfar frente a tentaciones y obstáculos diarios, con capacidad para hacer todas las demás elecciones, con la sabia guía del Espíritu Santo de Dios. Tiene sentido aquella afirmación de Jesús que dijo: “Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás vendrá como consecuencia” (San Mateo 6:33).

Que nadie se quede sin votar en estas elecciones, pero hagámoslo con mucha sabiduría. Y que, en cada elección que la vida nos ofrezca cada día pidamos a Dios sabiduría y ejerzamos libremente nuestro privilegio de elegir.

© La Voz del Interior

Martes 16 de junio de 2009
Fraternidad religiosa

Feminismo musulmán

Alí Alejandro Badrán
Imán. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

El feminismo musulmán ha sido objeto de debates y de análisis desde hace varias decenas de años. Se lo asocia a grupos de mujeres creyentes en Dios, y últimamente también a investigaciones universitarias sobre las mujeres en el mundo musulmán.

Para las mujeres creyentes en Dios, el feminismo musulmán, junto con el feminismo cristiano y el feminismo judío, todos relativizan el mismo esfuerzo, basándose en la perspectiva femenina a partir de la interpretación de la religión y de la práctica religiosa.

Para las mujeres universitarias, constituye un discurso y un movimiento en construcción, en el que apreciamos las evoluciones sociales, demográficas, culturales, además de un enfoque académico en el que se deban interpretar correctamente las enseñanzas del islam.

En realidad, el término “feminismo musulmán” ha sido creado a fines del siglo 20 para dar a conocer el papel que desempeña la mujer en las sociedades islámicas; se lo puede considerar como un discurso moderno que confirma la tradición islámica, aceptando las reglas y normas del comportamiento femenino, estableciendo puentes entre las divisiones ideológicas, entablando diálogos, solucionando los problemas sobre la igualdad de las leyes y de las normas dictadas en las distintas sociedades, en especial todo lo que concierne a las mujeres, confirmando siempre que en el islam la mujer es digna del mayor respeto y goza de la más alta estima y libertad.

También la investigación universitaria ha definido lo que es el feminismo musulmán como un movimiento reformista que permite el diálogo entre feministas religiosas y feministas laicas, además de haber abierto la vía entre nuevas posibilidades en favor de la igualdad entre ambos sexos y de la participación de las mujeres en las doctrinas y prácticas religiosas, razonando en forma independiente y además interpretando la jurisprudencia musulmana bajo la óptica especial de la mujer.

Desde el punto de vista sociológico, el feminismo musulmán no es un movimiento social en un sentido estricto, puesto que sus prácticas han sido por naturaleza esencialmente testimoniales. Sin embargo, forma parte del gran movimiento de mujeres en varios países.

Se puede decir que es un planteamiento de mujeres urbanas instruidas, acompañadas también por hombres, que no sólo releen y estudian el Corán, sino que también rescatan de su religión y de su historia los derechos y la participación de ellas en el marco religioso, dando una verdadera legitimidad teológica al llamamiento por los derechos de las mujeres en todo el mundo, considerado como una estrategia o un ideario más, que es parte del movimiento feminista global.

Esto es un enfoque importante en el que se propugnan debates y coloquios, cumpliendo con el derecho de las mujeres a participar en todo tipo de actividades.

El Primer Congreso Internacional sobre el Feminismo Musulmán fue organizado en Barcelona (España) en el mes de octubre de 2005, con el apoyo del Centro Catalán de la Unesco. Hombres y mujeres de casi todas partes del mundo debatieron temas relacionados al islam y la democracia; el islam y los derechos humanos; sobre el islam, la ciencia y la filosofía, la unidad de la familia y sobre otros importantísimos temas.

Una de las conclusiones a la que se llegó en ese primer congreso fue que el nombre que las agrupa es feminismo musulmán, dejando de lado otras designaciones como feminismo islámico o el término mujeres islamistas, todo ello para diferenciarse del feminismo laico, pero sí manteniendo siempre la muy buena relación y cordialidad entre la religiosidad y el laicismo.

Es más que evidente que, en este siglo 21, ha aumentado el número de asociaciones y grupos de mujeres musulmanas instruidas, ilustradas y dispuestas a actuar en todos los espacios, contribuyendo para el progreso de la humanidad, promoviendo sociedades modernas e igualitarias.

Para contribuir a tales transformaciones, las feministas musulmanas se comprometen más directamente en las cuestiones sociales y políticas a las que están confrontados sus países y el mundo entero. Todas las entidades y agrupaciones representadas en ese congreso unen sus fuerzas para afirmar la igualdad y la justicia, por los derechos de las minorías religiosas, para eliminar las guerras y edificar la paz.

Para ello, las feministas musulmanas se apoyan en los ricos análisis de los textos sagrados y en los estudios teológicos rigurosos, en los que ellas se han comprometido todos estos años, para unirse a otros grupos sociales, para contribuir a los debates de política nacional e internacional, para influir sobre las decisiones que sean tomadas para el progreso y la paz de la humanidad.

Uas salamu alicum. (La paz sea con todos).

© La Voz del Interior

Martes 9 de junio de 2009
Fraternidad religiosa
Sentido social y comunitario de nuestra vida

Juan José Ribone
Sacerdote. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

Hace un tiempo escribí un artículo en el que decía que se había roto el contrato moral de nuestra sociedad, entendiendo por ello que ciertos valores como el respeto, la estima de la autoridad, la libertad responsable, el valor de la familia, han caído al precipicio. Agrego ahora que en las dos últimas décadas se potenció y exacerbó la libertad individual hasta tal punto que hemos perdido el valor de lo comunitario, de lo social, del amor por el bien común.

Una de las características más notables de esta exacerbación de la libertad individual es “hacé la tuya”, “no te preocupés por el otro”; o bien el autismo en el que se cierran muchos adolescentes, jóvenes y adultos con los MP3 y otras tecnologías modernas que los saca de la realidad y del compromiso, para meterse sólo en lo suyo para vivir como ausentes de la sociedad, ocupados en otra dimensión.

Hemos perdido como valor la capacidad de vivir en sociedad, de ser sociables. “Me importa lo mío, sólo lo mío, y lo demás no me interesa”. Esto sucede en varios niveles de la sociedad, en los que muchos sólo piensan en su bolsillo sin tener una conciencia social del trabajo y de la cooperación común.

Hemos dejado de formar y educar en la conciencia social. La sociedad no es un conjunto de individuos en la que cada uno hace lo suyo. La sociedad es una comunidad. Por eso, porque no hemos educado en este aspecto, nos quejamos a menudo de la falta de participación y de compromiso, tanto en la escuela, en los centros vecinales, en la política, y también en nuestras comunidades religiosas.

Cuántas veces se convoca a reuniones para lograr una cooperación entre los ciudadanos y las instituciones intermedias; sin embargo, la participación y el compromiso es escaso.

La razón última de este des-compromiso social es porque hemos exacerbado las libertades individuales en detrimento de la responsabilidad social. Sigo pensando que el comunismo sacrificó la libertad individual en pro del comunitarismo; y el capitalismo salvaje sacrificó lo comunitario en favor de lo individual y personal.

Me gustaría que la escuela, la familia y las instituciones intermedias aprendamos a buscar los equilibrios: no hay auténtica libertad individual sin responsabilidad social, ni hay vida comunitaria sin el respeto a la libertad individual.

La solidaridad es un valor social importante. Expresa el sentido comunitario de los ciudadanos. La solidaridad auténtica no busca marketing ni réditos políticos, ni es pasajera; es una dimensión fundamental de nuestro “ser humanos”: yo descubro que el otro es mi prójimo, es de carne y hueso, es mi semejante, compartimos la misma condición humana. Es un deber y una responsabilidad pensar en los demás.

Podemos pensar también que todo trabajo humano, toda profesión, pequeña o grande, el estudio, el pago de los impuestos, es un modo de contribuir con conciencia social al bien común del país, para hacerlo más grande y sentirnos una verdadera familia.

Ahora vienen las elecciones legislativas, y me pregunto, ¿está en la voluntad de los políticos servir en serio y responsablemente al bien común de la sociedad, o sólo se busca tener una cuota de poder: yo soy diputado, yo soy senador, tengo un nombre, tengo una reputación social. Los políticos deben saber siempre que si todo ciudadano tiene un compromiso social, mucho más ellos, dando ejemplo con su servicialidad y su capacidad de estar atentos a los problemas de la comunidad y no a los réditos personales.

Lo mismo sucede con los medios de comunicación social: eso deben ser, medios al servicio de la comunidad y no con el afán individualista del minuto a minuto que da el rating. Nos damos cuenta de que hay que cambiar nuestra mentalidad, nuestro estilo personalista e individualista para aprender el ejercicio de vivir en sociedad.

Es tan cierto aquello de que los argentinos tenemos que transformarnos de simples habitantes en auténticos ciudadanos. Ser ciudadanos es vivir en democracia, y vivir en democracia es caminar juntos, es comprometernos entre todos a mejorar las instituciones, a participar, a sentirnos arte y parte de la construcción de la vida social.

Sólo cuando seamos capaces de dejar de lado los caprichos individuales y mezquinos y nos formemos en la conciencia social y comunitaria, entonces dejaremos de ser simples habitantes y seremos ciudadanos, con todo lo que ello implica.

El Dios que proclamamos los cristianos, según la enseñanza de Jesús, es un Dios Uno y Trino, una comunión de Personas, que nos invita a los que somos creyentes a cultivar entre nosotros un verdadero espíritu de comunidad, de sociabilidad. Nos queda un largo camino aún.

© La Voz del Interior

Fraternidad religiosa
Deshojando a Adán
Su nombre en el hebreo original era “Adam”, y de acuerdo con el segundo relato de la Creación, fue formado del polvo de los cuatro rincones de la Tierra. Por Marcelo Polakoff.

Marcelo Polakoff
Rabino. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

Primero lo primero. Si alguien lo hubiera llamado así, “Adán” a secas, jamás se habría sentido aludido ni tampoco se habría dado vuelta. Es que su nombre exacto, en el hebreo original, era “Adam”.

De cualquier modo, no mucha gente podía nombrarlo, ya que si hacemos caso al texto de la Torá, al texto bíblico, el pobre estaba bastante solitario allá por el Jardín del Edén.

Y más acá de lo literal o no de la historia del Paraíso (tema a mi juicio absolutamente irrelevante), es imposible negar que este peculiar personaje ha dotado a la humanidad de un sinnúmero de sentidos –y también de sinsentidos– que lo colocan, aun a su pesar, en uno de los pedestales más destacados de la civilización a la que míticamente diera origen.

No me parece necesario abundar en lo obvio para recordar una enseñanza capital de la tradición judía por medio de la cual se sostiene que Adam era uno solo, a fin de comprender que todos los seres humanos descendemos de una misma raíz, y que por ende somos todos iguales ante Dios (a pesar de varios que prefieren creer distinto). Asimismo, para dar cabal comprensión a la máxima talmúdica que afirma que quien asesina a un ser humano es como si destruyera al universo entero, a la par de constatar que quien salva a su prójimo es como si hubiera salvado a todo un mundo.

No son mensajes menores, sin embargo lo que nos convoca aquí es otra cosa: el otoño.

Deshojemos entonces a nuestro bienamado Adam, pero (lamento la congoja) a partir de la polisemia de su propio nombre, de su nombre propio.

Una primera lectura –muy justificada en el Génesis– da cuenta de que “Adam” viene de adamá que significa “tierra”, ya que de acuerdo con el segundo relato de la Creación (por si no era fácil con uno solo, recordemos que la Torá registra dos relatos complementarios acerca del principio del hombre) resulta que Adam fue formado del polvo de los cuatro rincones de la Tierra. Parece ser entonces que el hecho de ser terrenal es uno de los sellos grabados a fuego en Adam, y en consecuencia en todo humano.

Aunque lo terrenal solo –si no lo sabemos, al menos lo sospechamos– nunca alcanza. Se requiere un poco más de gracia, algo más de lo esencial, algo que nos eleve por encima del reino animal, incluso cuando nos neguemos tantas veces a ello. Por eso “Adam” también proviene de domé en el sentido de “parecerse”. ¿A quién? Precisamente a Dios, para ponerle así una cuota de altura a lo llano, para acercar tierra y cielo en la caricia de lo trascendente.

Pues he aquí que hay más velos en el nombre de este hombre (y de cada hombre). “Adam” se nutre además de dam, cuya traducción es “sangre”, dejando notar bajo este manto de sentido que aquel líquido vivificante puede –como casi todo– ser utilizado para llenarse las manos como Caín, o en su defecto (afecto, diría) para donarse.

El Paraíso, en otoño. La última hoja: el dimión, de similar raíz hebraica que “Adam”. La capacidad de “imaginación” tan exclusivamente característica de los seres humanos. Esa maravilla que nos eleva de creados a creadores; esa ecuación misteriosa y única que descubre el todo en cada individuo y que arremete furiosa contra todo intento de masificación. La ternura de soñar y de soñarse distinto, con los ojos abiertos y a la vez a tientas, buscando entre tantas sombras algunos frutos del Edén.

No es novedad que las hojas adámicas se hayan caído hace tanto tiempo.

Tal vez sí lo sea para muchos que, de acuerdo con la tradición judía, el Paraíso –y los seres que lo habitaron– fueran creados en otoño.

No podía ser de otra manera.

¿O acaso no es bien humano, bien “Adam”, el que tiene la virtud de levantarse aún cuando todo a su alrededor se está cayendo?

© La Voz del Interior

Martes 28 de abril de 2009
Fraternidad religiosa
Dimensión humana

Daniel E. Annone
Pastor Evangélico. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

El mundo entero está muy confundido por las grandes contradicciones del ser humano. Cada día una nueva sorpresa. Por un lado obras y descubrimientos alucinantes que han dado tanto brillo a nuestra generación y que harían caer de espaldas a nuestros abuelos, sorprendidos y confundidos, pero que a nosotros nos hace exclamar con cada novedad: “¡Qué grandes somos!”. Y por el otro lado, crímenes aberrantes, trata de personas, secuestros de niños para extraerles los órganos o explotarlos sexualmente, pueblos enteros que carecen de pan, agua, salud, educación y libertad. Una cultura de drogas, promiscuidad, degradación humana y resquebrajamiento de todo valor que es mostrado como los logros de la posmodernidad y liberación religiosa.

Se nos hizo creer que la esclavitud había sido abolida, que habría justicia social, pero despertamos a una realidad cruel con millones que mueren de hambre y sin oportunidad para sobrevivir y muy cerca de quienes viven verdaderamente en la opulencia. El Holocausto judío y el Genocidio armenio nos dan la dimensión de la gran contradicción del ser humano. Los animales son mucho más previsibles.

¿Qué es en realidad el ser humano para que actúe tan contradictoriamente? A veces juzgamos a una persona por su apariencia exterior y muchas veces debemos decir: “¡Cómo me equivoqué, parecía una cosa y resultó ser otra!”.

Es que la dimensión externa es la que se ve, se palpa, se adorna, se modifica. Dedicamos mucho tiempo y dinero para cuidar nuestra dimensión exterior y está muy bien hacerlo. Tenemos en el médico un gran aliado. También lo es el psicólogo, que va un poco más profundo; ambos nos ayudan a cuidar el cuerpo y la mente que están tan unidos. A ellos se suman los educadores que contribuyen maravillosamente para que el mundo sea mejor.

Aplaudimos a médicos, psicólogos y educadores por su gran obra para ayudarnos a corregir y mejorar nuestros cuerpos, nuestras mentes y también nuestras conductas, pero a pesar de sus notables esfuerzos es insuficiente para solucionar plenamente el problema de la dicotomía humana. El delito no ocurre por la pobreza ni por la ignorancia. Está presente en todos los estratos de la sociedad. Es que hay una tercera dimensión, muy interna, que no se ve con el microscopio ni con el psicoanálisis. Es la dimensión espiritual.

La Biblia, como revelación de Dios, muestra al hombre en sus tres dimensiones: cuerpo, mente y espíritu. Y pone un énfasis en la dimensión espiritual, a la que considera la más importante porque actúa sobre el cuerpo y sobre la mente humana.

Nos equivocamos si creemos que con salud, dinero y educación solucionamos los problemas de la humanidad. Son apenas paliativos. Un profesor trataba de hacer comprender a sus alumnos que con una buena educación se puede cambiar al individuo. Un día llevó a los alumnos a su casa para una clase práctica. Tenía un gato amaestrado, tocaba un silbato y el gato se acostaba, se inmovilizaba, corría y saltaba, según fuese la orden que recibía.

Uno de los alumnos, no convencido de esta teoría, lo comentó a sus padres y con ellos planeó demostrarle al profesor cuán equivocado estaba. Le pidió que hiciese una nueva demostración con su gato amaestrado, a lo que éste accedió; y fueron nuevamente a la casa del profesor todos los alumnos.

Este joven llevaba consigo una cajita que abrió cuando el gato estaba inmovilizado en el suelo y dejó escapar media docena de ratones. El gato saltó y comenzó a correr tras su presa porque no pudo dominar su instinto; no hubo silbato que lo detuviera, el instinto fue mucho más fuerte que su educación.

El Evangelio de Jesucristo no sólo educa enseñando qué es bueno hacer y qué no se debe hacer; actúa en esa dimensión interior, curando, transformando, capacitando y dando poder para actuar. Una religión de sólo ritos, ceremonias y prohibiciones no sirve para nada. Lo valioso es cuando el ser humano actúa naturalmente poniendo en práctica el nuevo vivir.

San Pablo escribió: “Aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día” (II Cor. 4:16), porque Jesucristo, el Hijo de Dios, actúa con poder en la dimensión interna de la vida humana, amando, perdonando y capacitando al individuo para vivir una nueva vida llena de gracia y poder.

Estoy convencido de que es así porque lo he visto a través de los años en vidas y familias transformadas por el poder del Evangelio que tras actuar en la dimensión interior, los enriqueció en sus cuerpos y mentes también. Los he visto no sólo desear cambiar, sino lograrlo de verdad.

© La Voz del Interior

21 de abril de 2009

Fraternidad religiosa

La prohibición de beber alcohol

Como en los países islámicos no existe el alcoholismo ni la drogadicción, tampoco hay instituciones ni comisiones para su prevención. Por Alí Badrán.

Alí Badrán
Imán. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

Las personas poseemos determinadas fuerzas relacionadas con nuestra naturaleza humana, que debemos proteger y controlar directamente y con frecuencia, porque si no, de otro modo, podríamos perjudicar a la sociedad en que vivimos.

El islam ha encabezado de un modo constructivo la energía humana a través de la autodisciplina, esto es un imperativo para cualquier sociedad civilizada. Es así que uno de los temas que frecuentemente se mencionan es la prohibición a los musulmanes de tomar bebidas alcohólicas. Se han publicado numerosos artículos sobre el consumo de alcohol en el campo de la psicología, de la bioquímica, el metabolismo, la salud, como en miles de libros y revistas; pero existe escasa información disponible referente a la prohibición de beber alcohol en el islam, con sus fundamentos sociales, económicos, ideológicos y religiosos, para lograr desarrollar un entendimiento mutuo, un mejor modo de coexistencia y una vida más feliz para todos en este mundo.

Originalmente, en el islam, cuando se hablaba de bebidas alcohólicas, se entendía que era el jugo de uva fermentada, pero por analogía se designa así a toda bebida fermentada y particularmente a cualquier bebida o droga embriagante.

Sabemos que las bebidas alcohólicas están clasificadas en dos grandes grupos: uno es aquel en el que se ubican las bebidas producidas mediante destilación, como el whisky, la ginebra, el brandy, etcétera. El otro es el que incluye las elaboradas sólo mediante fermentación, como el vino, la cerveza y otras. Cuando hablamos de la prohibición de beber alcohol nos estamos refiriendo a ambos grupos, incluyendo la prohibición a los narcóticos y drogas.

La historia de las bebidas fermentadas tiene su origen en la Edad de Piedra, mientras que el proceso de destilación recién se descubrió en el año 800 por un alquimista árabe, llamado Jábir Al Hayyam, más conocido como Geber. Alcohol también es una palabra árabe; el término original es alcuhul, que significa fantasma o espíritu maligno. Otros sostienen que la palabra alcohol es un derivado del término árabe cuhl, que significa polvo muy fino, que se lleva el viento.

En la época del profeta Mahoma (Muhammad P. B.), la base de las bebidas alcohólicas eran las uvas, los dátiles, la cebada, la remolacha, la miel y otros. Aunque hoy en día, el alcohol se lo puede obtener con cualquier otro elemento, siempre se considera prohibido su consumo, porque embriaga a las personas, es decir, se tienen en cuenta los efectos del alcohol sobre la gente y no sobre su origen.

Entre los versículos del Corán relacionados a la prohibición de consumir bebidas alcohólicas, mencionamos los siguientes: “Ellos te preguntarán acerca de las bebidas alcohólicas y el juego de azar, contéstales que en cada uno de ellos existe un grave vicio y casi nada de beneficio, porque sus perjuicios son mucho más grandes que su utilidad” (2-219). “Los que creen en Dios sepan que las bebidas alcohólicas, el juego de azar y los ídolos son ilícitos, aléjense de todo ello y así van a prosperar. No fomenten la enemistad ni la envidia entre ustedes por medio del beber alcohol ni por el juego; y recuerden siempre a Dios, rezando y elevando sus oraciones a toda hora” (5-90/91).

Se han suscitado muchas dudas acera de cómo se puede imponer en la sociedad la prohibición del consumo de alcohol, pero el islam abordó este problema positivamente hace casi 1.400 años, y hoy viven de acuerdo con las enseñanzas morales y los principios de su religión.

Con relación a las drogas utilizadas en medicina y que su uso está recomendado para ayudar a curar algunas enfermedades o que contienen determinadas sustancias medicinales, se las puede consumir únicamente cuando sean absolutamente necesarias y bajo prescripción médica.

El uso del alcohol como antiséptico, así como en colonias y perfumes, es discutido, y se recomiendan aquellos que tienen como base los aceites, aunque la gran mayoría de los sabios islámicos sostienen que sí se permite el uso del alcohol en perfumes, colonias, pomadas y antisépticos, ya que son productos para uso externo, pero nunca con la intención de beberlo.

El uso de drogas que embriagan, como la marihuana, el hachís, el LSD, también está prohibido, ya que en el islam se toma en consideración el efecto que produce en la salud del individuo y su nocividad.

Como en los países islámicos no existe el alcoholismo ni la drogadicción, tampoco hay instituciones ni comisiones para su prevención, porque tienen una visión cultural, social y religiosa distinta, debemos lograr un entendimiento mutuo entre las distintas ideologías y culturas, rogando siempre a Dios para que la paz y la justicia reinen en el mundo entero.

Uas salamu alaicum (la paz sea con todos).

© La Voz del Interior

14 de abril de 2009

Fraternidad religiosa

La pascua se prolonga en la vida

Tanto para la comunidad judía como para la cristiana, la Pascua marca un momento fundamental en la existencia de ambas comunidades. Por Juan José Ribone.

Juan José Ribone
Sacerdote católico. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

Generalmente, terminada la Semana Santa con la celebración del día de Pascua, se cree que ha finalizado todo rito que conmemora los acontecimientos de la fe cristiana. Pero en realidad, la Pascua cristiana tiene una prolongación de 50 días que culmina con la fiesta de Pentecostés. Pero además, esos ocho días siguientes a la Pascua son considerados como un largo domingo de Pascua, con toda la solemnidad que reclama la liturgia católica.

También en la tradición hebrea, el Pesaj se prolonga como una fiesta durante ocho días intensos. Es que en verdad, tanto para la comunidad judía como para la cristiana con sus diversas significaciones, la Pascua marca un momento fundamental en la existencia de ambas comunidades. Por eso, reiteramos a los hermanos judíos nuestro “Hag sameaj”, y a los que somos cristianos: felices pascuas o feliz Pascua, entendiendo así la única Pascua de Jesús pero también entendiendo nuestra propia Pascua. Por eso, quisiera dedicar algunas líneas a reflexionar simplemente sobre tres puntos que considero importantes: la Pascua de Cristo, la Pascua personal de cada cristiano y la Pascua de la comunidad.

La Pascua de Cristo es el paso, el pasaje de la muerte a la resurrección de Jesús. Para la fe cristiana este es un punto fundamental. “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe”, le dice Pablo a los Corintios (15, 14). Los Evangelios relatan cada uno con su impronta ese acontecimiento que trasciende la razón humana y que se ubica en el ámbito de lo trascendente. La resurrección es un hecho que aunque atestiguado por los apóstoles, es un hecho que supera todas las expectativas.

La entrega de Jesús en la cruz como ofrenda de suave fragancia a Dios su Padre, ha sido coronado por la resurrección, y al decir de San Pablo, Jesús ha sido constituido en Kyrios, Señor, un Nombre que está sobre todo nombre. Hasta tal punto marcó la vida de los apóstoles, que Pablo dejará grabada en una de sus cartas la impresionante afirmación: “Yo estoy crucificado con Cristo y ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí: la vida que vivo en la carne, la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó por mí” (Gal. 2, 19-20).

La Pascua personal de cada cristiano significa que también el cristiano está llamado a configurarse plenamente con su Maestro. De ahí que el bautismo, puerta de los sacramentos, según la fe católica, es el sacramento por el cual cada cristiano es sumergido en la muerte de Cristo y resucitado con él a una vida nueva.

Así como el pueblo hebreo celebra la salida de Egipto como camino hacia la libertad, el cristiano celebra que ha sepultado al hombre viejo para vivir en Jesús una vida nueva, que debe traducirse en la existencia cotidiana. El cristiano debe hacer ese pasaje, paso, de la muerte a la vida, sepultando los vicios, y dejando aflorar una vida digna, para vivir como Jesús nos enseña.

La Pascua de la comunidad la entiendo como el ejercicio permanente que cada comunidad eclesial debe hacer para desterrar toda animosidad, rencilla, conflictos, celos, rivalidades, que se dan entre los fieles y que atrasa de alguna manera la maduración de una comunidad que debe esforzarse a la luz de la Pascua para crecer en todas aquellas actitudes que signifiquen acortar distancias mediante el don de la reconciliación y de la paz y el mandamiento supremo que nos dejó Jesús: “ámense unos a otros como yo los he amado”.

También la Pascua es un proceso en la vida de la comunidad familiar: renunciar a los egoísmos que nos encierran, para aprender el lenguaje del amor fraterno.

Podríamos hablar también de la Pascua en la sociedad argentina: cómo una comunidad social es capaz de pasar de sus egoísmos a una vida más solidaria en la que el bien común de todos sea un objetivo permanente. Creo que la educación de nuestro tiempo debe apuntar a hacer tomar conciencia del valor del bien común.

Es necesario, ahora que se aproximan las elecciones legislativas, insistir que la política es un servicio al bien común de la sociedad, y que para ello los políticos tienen que aprender la sublime lección de poner al país por encima de los intereses sectoriales. Que ocupar las bancas no es sólo una dignidad sino una responsabilidad social.

Pero vale la pena subrayar que hay tantos hombres y mujeres, tantas instituciones que en el silencio de sus vidas trabajan para solucionar los problemas de tanta gente. Trabajan para que muchos dejen la esclavitud de la pobreza, y de la dependencia de tantas adicciones, trabajan para hacer más digna la vida de las personas. Cuando se vive así, hay Pascua en el corazón del hombre y de la sociedad.

© La Voz del Interior

7 de abril de 2009

Fraternidad religiosa

Portales añejos de Pesaj y Pascua

No se puede celebrar judaicamente Pesaj (y tampoco la Pascua cristiana) sin compartir el alimento con quien le falta, y la compañía con quien está solo. Por Marcelo Polakoff.

Marcelo Polakoff
Rabino. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

Algunos, sin saberlo, suponen que son alarmas. Parecen, pero no. En todo caso, es otro tipo de dispositivo pero con una función similar: la de dar cuenta acerca de movimientos importantes a través de las casas.

Es que en la mayoría de los hogares de las familias judías, sobre el marco de la puerta de entrada (tal vez en otras puertas internas también) es muy probable que se encuentre una pequeña cajita de aproximadamente unos 10 centímetros de largo por unos 3 centímetros de ancho, cuyo contenido principal está oculto en su interior.

Allí dentro, muy bien enrollado, descansa un diminuto pergamino de cuero animal que contiene dos párrafos bíblicos (tomados de Deuteronomio 6 y 11) que comienzan con una declaración de fe en la existencia de un único Dios.

Es la llamada “mezuzá”, un objeto que –con más de tres mil años de tradición encima–, persiste a través del tiempo y del espacio, más allá de todo estilo arquitectónico.

Su ubicación no tiene nada de fortuito, y está completamente entroncada con la fiesta de Pesaj, la fiesta de Pascua.

Para comprender su sentido es menester remontarnos a tierras egipcias bajo el dominio de un tirano faraón que venía esclavizando por centurias al pueblo hebreo. El libro del Éxodo nos relata en detalle cómo fue esta primera gesta libertadora registrada por la historia y que –conducida por Moisés– tenía como objetivo central la constitución de una nación enraizada bajo el imperio de la ley divina, concentrada en la recepción de los Diez Mandamientos.

La salida de la servidumbre se produjo recién después de las 10 famosas plagas que azotaron al imperio más poderoso de la época con todo tipo de calamidades. La última de ellas –la muerte de los primogénitos– tenía como condición para los hebreos marcar con sangre de cordero el borde de sus puertas a fin de que la mortandad se “saltee” (“pesaj” en hebreo o “pascua” en griego ya latinizado) sus hogares.

¿Por qué precisamente en la puerta? Porque es el límite exacto entre el dominio privado y el dominio público. Porque es lo que conecta intimidad con comunidad. Porque es la frontera entre lo que se es puertas adentro y lo que se es puertas afuera.

Toda mezuzá, de alguna manera, recuerda aquel momento fundacional, un momento de temor supremo ligado taxativamente a la idea de la muerte, y en el que la puerta estaba indefectiblemente cerrada.

Sin embargo, ya a partir del primer aniversario de este hecho, en plena travesía por el desierto, y de allí en más sin interrupción alguna hasta hoy, más de tres milenios y tanto después, en las noches de Pesaj (como este miércoles y jueves), en medio del encuentro de la cena familiar que reactualiza en cada generación la salida de Egipto, las puertas de los hogares paradójicamente requieren ser abiertas.

Al iniciarse el ritual –y mientras se abre la puerta de casa– se recita una antiquísima plegaria en arameo que reza: “Este es el pan de la pobreza que comieron nuestros antepasados. Quien tenga hambre que venga y que coma. Todo el que tenga necesidad, que venga y celebre con nosotros”.

No se puede festejar en plenitud la libertad a puertas cerradas. No se puede celebrar judaicamente Pesaj (y me atrevo a decir que tampoco la Pascua cristiana) sin compartir el alimento con quien le falta, y la compañía con quien está solo.

Casi al finalizar la cena, el seder, la puerta debe volver a abrirse una segunda vez. En este caso es para dejar entrar –simbólicamente– al profeta Elías, el responsable de anunciar la redención final, cuando todos los hombres y mujeres del mundo puedan convivir sin ningún tipo de opresión.

Portales añejos, cargados de sentido, que nos invitan una vez más a asomarnos al prójimo y, a través del prójimo, también asomarnos a Dios.

¡Jag Sameaj y Felices Pascuas!

© La Voz del Interior

31 de marzo de 2009

Fraternidad religiosa

Juventud, divino tesoro

Dejemos de criticar y condenar a la juventud, porque más que victimarios son víctimas y necesitan nuestra ayuda. Por Daniel Annone.

Daniel Annone
Pastor evangélico. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

Es una maravillosa etapa de la vida, llena de aventuras, experiencias y esperanzas. Tan hermosa que algunos mayores nos consolamos al superarla diciéndonos “siempre se tienen 20 años en un rincón del corazón”.

Hoy, la juventud está siendo severamente cuestionada, hay mucha violencia y delincuencia juvenil, asaltos y muertes echas por adolescentes y jóvenes, a lo que se suma embriaguez, drogas, embarazos adolescentes no deseados, deserción escolar, irrespetuosidad, accidentes y muchas otras situaciones que han provocado que algunos pidan “pena de muerte”, “mano dura”, “servicio militar obligatorio”, etcétera.

Pero la verdad es que debemos analizar si estos adolescentes y jóvenes son victimarios o si son víctimas. Personalmente creo que son víctimas de un sistema social decadente y el problema lógicamente se manifiesta, en el sector mas débil de la familia humana, que son los jóvenes con su poca experiencia.

Nuestra sociedad ha trastocado los verdaderos valores, se prioriza el placer, el individualismo, la hipocresía y la mentira usada como arma política y económica.

Se ha procurado sacar a Dios, la noción de Dios y sus maravillosas enseñanzas de todo ámbito público. En las escuelas se puede enseñar que el mundo se hizo solo, que apareció tras una gran explosión y se condena a quienes quieran mencionar a Dios como creador.

Es el momento en que los ateos arremeten contra todo lo que tenga relación con la fe. A esto, que es ya muy grave, se suma que muchas familias están en gravísima crisis, algunas muy desintegradas, unas con miseria económica y otras con miseria moral. Hay falta de trabajo y oportunidades para las nuevas generaciones.

Cuando en la década del ’90 se cerraron fábricas, se levantaron ferrocarriles, quedaron miles y miles de familias en la calle, con los pocos pesitos recibidos de indemnizaciones pusieron un quiosquito, ¿y pronto que pasó? Los fueron cerrando e integrando las miles y miles de familias desamparadas del país. Hoy sufrimos las consecuencias de los desgobiernos. Los gobernantes bien, pizza y champán, pero el pueblo ha pagado los platos rotos.

Los errores de una década repercuten en la próxima. Las malas acciones y los malos ejemplos han desanimado, desesperanzado y abatido a estas nuevas generaciones.

Posibilidades de un joven. ¿Qué puede hacer un joven hoy? No tiene familia, y si la tiene, no cumple su rol de orientar, corregir y educar. No encuentra modelos en la sociedad contemporánea. Escucha la radio, ve televisión o lee un diario y encuentra las acusaciones de un político a otro político, ambos se insultan y acusan, ¿qué puede pensar?, ¿qué ejemplo recibe? Seguramente debe pensar que la política es un gran negocio y él está en la miseria. Debe pensar que si otros roban y les va bien, “¿por qué yo no puedo robar también?”. Y sobre todo, cuando piensa que un solo robo le puede producir lo que le llevaría mucho tiempo de trabajo honesto. Por ello entran en el negocio del delito. Desesperanza y abandono, ¿para qué vivir?; “comamos y bebamos que mañana moriremos” como decían los antiguos filósofos epicúreos. Muchos entran así en la droga y el delito.

¿Qué hacer?… ¿Qué hacemos como sociedad?, ¿pena de muerte?, ¿mano dura?, ¿servicio militar obligatorio? Estas no son soluciones, jamás dieron ni darán resultado.

Las comunidades de fe estamos dando mucha atención a la juventud. Pedimos a nuestros mayores y a las familias cumplir el verdadero rol que debemos asumir: ser ejemplo y contención. Las Iglesias Evangélicas dedicamos mucho de nuestro tiempo y acción a orientar a nuestros jóvenes, porque ellos son el presente y futuro.

El Comipaz, desde hace varios años, organiza con el Ministerio de Educación de la provincia, jornadas para los estudiantes con una orientación en valores y respeto por las distintas comunidades de fe. La familia, el estudio, el trabajo, la autoestima, el respeto a las normas y leyes que hacen al bien común, la esperanza y la proyección hacia el futuro son algunos de los valores que se les comparte. Como parte de esta experiencia se realiza una visita a la Catedral católica, la Sinagoga judía, la Mezquita musulmana y un Templo evangélico. En cada lugar se les explica los fundamentos de cada fe y la exaltación de los valores que llevan a la felicidad y realización como personas y ciudadanos.

Cerrando el último ciclo de esta actividad, se realiza hoy un Festival por la Paz en el Club Macabi Noar, en calle Duarte Quiroz 4871, a partir de las 9.

Hacemos un ferviente llamado a toda la sociedad para que aunemos nuestros esfuerzos. Dejemos de criticar y condenar a la juventud, porque más que victimarios son víctimas y necesitan de nuestra ayuda para rescatarlas del pozo en el que han caído.

© La Voz del Interior


24 de marzo de 2009

Fraternidad religiosa

Creyentes e incrédulos

Estamos obligados a aprender, a aumentar nuestros conocimientos y no quedar presos de la ignorancia.

Por Alejandro Alí Badrán.

Imán. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

Una de las cosas más importantes que hacen disminuir las tensiones y reducir las posibilidades de enfrentamientos entre los pueblos, es intercambiar ideas sobre los distintos pensamientos, sobre sus creencias y las diferentes tradiciones, para lograr las mejores soluciones para un mundo equilibrado, iluminado por la justicia, la concordia y la paz.

Las personas debemos saber distinguir lo bueno de lo malo, por lo que estamos obligados a aprender, a aumentar conocimientos y no quedar presos de la ignorancia.

Sabemos que casi todas las religiones del mundo toman su nombre de su fundador o del pueblo donde han nacido. Así vemos que el cristianismo se llama así por el nombre de quien la ha predicado, Cristo; el budismo por su fundador Buda; el judaísmo por la tribu de Judá en la región de Judea, donde nació, y así sucesivamente.

Ocurre todo lo contrario en el Islam, nombre que tiene la particularidad de no estar asociado a ningún hombre ni pueblo especial, porque el Islam es un atributo, es un nombre que deriva del idioma árabe –salam– cuyo significado es paz, o sumisión y obediencia a Dios, señor del Universo.

El hombre posee dos orientaciones distintas. Por una parte, como las demás criaturas, está completamente dependiente de las leyes naturales y no puede librarse de ellas. Pero por el otro, el hombre está provisto de inteligencia y de raciocinio. Tiene el poder de pensar y de juzgar, de elegir y de rechazar, de aprobar algo o desaprobarlo. Es libre de elegir su religión, su género de vida, y de orientar su existencia en función de la ideología de su elección. Puede trazar su propio código de conducta o aceptar uno que sea formulado por otros. Ha sido dotado de libre albedrío y puede decidir su comportamiento.

Al contrario de los demás seres creados por Dios, goza de la libertad de pensamiento, de opinión y de acción.

Estos dos aspectos mencionados coexisten claramente en la vida de todos los hombres, siendo este tipo de libertad la que nos lleva a aceptar que la humanidad toda está dividida en dos grupos solamente: creyentes (los que creen en Dios) e incrédulos (los que lo desconocen).

El que elige reconocer a su creador, aceptarlo como único soberano, se somete escrupulosamente a sus mandatos, el que sigue las leyes que le han sido reveladas para su vida individual y social, llega a ser un verdadero musulmán, que se ha sometido voluntariamente a Dios, al único que adora y en el único que cree, reconociéndose como verdadero creyente.

Al contrario del hombre que venimos describiendo, está el que vive inconscientemente toda su vida, que no ejerce sus facultades de razón, de inteligencia ni intuición para reconocer a su creador, y que utiliza su libertad de elección para negar su existencia. A éste es al que se lo reconoce como incrédulo, que en idioma árabe se dice cáfir.

Sería ridículo pensar que adoptando la posición de los incrédulos se podría hacer algún daño a Dios Todopoderoso, cuando el ser humano es menos que una partícula tan pequeña en un planeta minúsculo girando en este universo infinito, donde desconocemos sus límites, donde orbitan la Luna, la Tierra, el Sol, los planetas y millones de estrellas que solamente Dios conoce.

Hay quienes sostienen que la incredulidad es un tipo de tiranía, que es una rebelión, una ingratitud y una sublevación hacia Dios. Las consecuencias inevitables de esta sublevación y de esta negación de la realidad no hacen más que precipitar al hombre al camino de su propia ruina. Su vida moral, cívica, social, familiar, su lucha por asegurar su subsistencia, todo estará afectado.

Llevará desorden y confusión sin el menor remordimiento, con ambiciones perversas que hasta podrá arruinar la paz y el equilibrio de la vida en la Tierra, con terribles consecuencias.

La incredulidad también es un tipo de ignorancia, ya que no se puede ignorar la existencia de Dios. Observando a la naturaleza, con su mecanismo soberbio e inmutable, sostenemos que alguien creó esa maravilla, y ese alguien maravilloso y creador es Dios.

Examinando nuestro cuerpo, este organismo maravilloso que funciona de una manera tan estupenda, vemos que hay un ser único que da la vida a la unión del óvulo y el esperma.

Reconocemos el sublime concepto del universo, pero el que es incrédulo no puede distinguir a quien lo ha concebido; por más teorías científicas, siempre volvemos a Dios.

La religión islámica obliga a todos sus adeptos que estudien, aprendan y divulguen todo tipo de enseñanza, que se fomente todo tipo de investigaciones científicas, que se invierta en la construcción de escuelas y de instituciones educacionales, siempre con la fe puesta en Dios.

Recordamos que la primera palabra que se le reveló al profeta Muhammad (Mahoma) en el Sagrado Corán es: “Lee, lee en el nombre de Dios que te ha creado…” que algunos traductores sostienen que lo que realmente quiere decir: “Estudia, por Dios el que te ha creado…”

© La Voz del Interior

17 de marzo de 2009

Fraternidad religiosa

¿Se ha roto el contrato moral?

El problema no es sólo la marginalidad y la pobreza. Es un problema de raíz moral, educativa, de principios. Por Juan José Ribone.

Juan José Ribone
Sacerdote católico. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

En nuestra sociedad, una mayoría de personas y familias les ponen el hombro a la vida y a la sociedad; viven honestamente, trabajan, educan a sus hijos, buscan progresar, tener un futuro, encaran responsablemente sus actividades diarias; es una inmensa mayoría de hombres y mujeres que silenciosamente van construyendo el presente y el futuro de la sociedad; pero hay otro porcentaje de gente (ciertamente, los menos) que sin escrúpulos roban, matan, dañan a las personas, las desfiguran, les hacen vivir una odisea; mutilan esperanzas, rompen sueños, truncan ilusiones. Son seres humanos que seguramente no tienen aprecio por la vida, no han sido educados, o viven en la marginalidad, y han hecho del robo, de la violencia, de la muerte, un estilo de vida, un modus vivendi, como en otras partes del mundo.

Sin lugar a dudas que la droga es una de las causales de la violencia inusitada que vive la sociedad en su conjunto. Y parece que es tan desesperante la situación del que se droga que una leyenda impresa en una pared que leí dice: “Dios, dame luz, dame droga”. Con semejante inscripción uno puede percibir lo dañino y contraproducente que es la droga. Pero lo más triste es que los adultos inescrupulosos trafican con la droga, operan desde la clandestinidad, desde la oscuridad de sus conciencias. Aquí es la Justicia la que debe actuar con todo el rigor de la ley. Pero también los delincuentes que viven al margen de la ley y de la convivencia social no pueden estar sueltos teniendo de rehén a la sociedad que cada vez tiene que enrejarse más, y padecer todos los días alguna situación de robo, muerte, golpiza, etcétera.

Es bien cierto lo que se dice que los delincuentes entran por una puerta y salen por otra, mientras que los ciudadanos viven atrapados entre las rejas de sus casas. No es justo que los argentinos tengamos que padecer esta tremenda inseguridad, esta ola de violencia delictiva, sin que el Estado asuma su responsabilidad.

¿Qué nos pasa como sociedad? ¿Se ha roto el contrato moral? ¿No estaremos necesitando todos los argentinos “educación cívica”? El problema no es sólo la marginalidad y la pobreza. Es un problema de raíz moral, educativa, de principios. La cuestión moral atañe no sólo a la conciencia individual, sino también colectiva de los hombres y mujeres que habitamos la sociedad. Los individuos interactuamos, nos encontramos, formamos una comunidad; y la comunidad requiere normas de convivencia.

Cuando la religión proclama el valor del Decálogo (los 10 mandamientos), se nos está indicando el valor universal de estos principios que educan la libertad del hombre y nos ayudan a vivir civilizadamente. Se percibe que la pérdida de lo trascendente, de la dignidad del hombre, de sus derechos y deberes, ha hecho sucumbir la calidad moral de la sociedad. Es en la conciencia íntima donde el hombre percibe el dictado de los principios fundamentales: no robarás, no mentirás, no serás injusto, no odiarás, no serás vengativo… El dicho popular dice que “a un árbol, para que crezca derecho, se le coloca un tutor”; lo mismo acontece en la vida de las personas: el padre, la madre, el docente, son los tutores que necesitan los niños, los adolescentes y los jóvenes para crecer; pero también se requiere la calidad moral de los adultos que se comprometan a acompañar el proceso formativo de las nuevas generaciones. Los principios morales universales no son represivos como alguno puede pretenderlo; la convivencia social exige códigos, fundados en la dignidad de todo hombre. Fíjense el resultado que se obtiene cuando en las rutas está la Policía Caminera controlando el tránsito: se ha conseguido que usemos cinturones, que llevemos las luces encendidas, el matafuego en el lugar correspondiente, que bajemos la velocidad; ese control no nos daña ni nos trauma. Poner leyes y hacerlas cumplir no es represivo, es educativo, es medicinal, es preventivo. Ahora bien, más en el fondo de la cuestión, está la educación de la conciencia y la libertad.

Hay que entender que sólo se es más dignamente persona cuando se aprende a respetar la vida, cuando se educa la libertad de un modo responsable; cuando comprendemos que robar es una injusticia, cuando mentir es atentar contra la verdad; cuando matar y violar y dañar al prójimo es un atentado a la dignidad humana; cuando se transgrede el semáforo en rojo, cuando se levanta la velocidad inadecuadamente, se atenta contra el prójimo. Los que somos creyentes entendemos que cuando no hay una referencia a la Trascendencia, se pierde la conciencia del contrato moral, que es la razón última de los fundamentos morales.

El problema de la sociedad es un problema moral, no hay vueltas que darle. Y mientras no se incentive una educación con principios, vamos a la deriva. Podremos salir de la crisis económica con mayor producción y desarrollo si es que a nuestros gobernantes se les abren los ojos; pero si no hay educación en valores y un trabajo conjunto de la sociedad, familia y escuela, instituciones intermedias, y ciertamente políticas de Estado, seguiremos lamentando pérdidas humanas, fracasos sociales, vidas a mitad de camino.

© La Voz del Interior

http://www.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=498949

10 de marzo de 2009

Fraternidad religiosa

Una cuestión de tragos

Marcelo Polakoff
Rabino. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

La festividad de Purim es prácticamente la única oportunidad del calendario hebreo en que está permitido estar un poco “alegre”, obviamente sin llegar a emborracharse.

Cuando Noé empezó a plantar, vino Satán y le dijo: “¿Qué plantas?”.

Le contestó Noé: “Una viña”. Satán replicó: “¿Y para qué sirve?”.

Noé dijo: “Sus frutos son dulces, tanto frescos como secos, y de ellos se hace el vino que alegra el corazón”. Satán le dijo: “¿Quieres que plantemos juntos tú y yo?”.

Noé dijo: “Sí”. ¿Y qué hizo Satán? Trajo una oveja y la degolló sobre la vid; después trajo un león y lo degolló sobre la vid; luego trajo un mono y lo degolló sobre la vid; después trajo un cerdo y lo degolló sobre la vid y derramó su sangre con la que manchó la viña.

Por eso, cuando el hombre bebe un solo vaso se vuelve como una oveja, tranquila y humilde.

Cuando bebe dos vasos enseguida se cree fuerte como un león y empieza a hablar en voz alta y a decir: “Soy el mejor”.

Cuando bebe tres o cuatro vasos enseguida se comporta como un mono: se levanta, baila y se ríe. Habla pretenciosamente sobre cualquier cosa y no sabe lo que hace.

Una vez borracho se comporta como un cerdo, se revuelca por el lodo, hurga en las basuras y termina empapado en sus propios líquidos.

Hacen falta algunas aclaraciones.

En primer lugar, esta más que milenaria y curiosa alegoría rabínica –tomada de una colección de relatos llamada “Tanjuma”– está asentada sobre los versículos bíblicos que nos cuentan que lo primero que hizo Noé después de terminado el diluvio fue plantar una vid para emborracharse (Génesis 9:20-21).

Los motivos que lo llevaron a semejante acción son de por sí altamente interesantes, pero no serán materia de estas líneas.

Angelito pícaro. Por otro lado, no vale la pena asustarse con Satán. Al menos, en la tradición judía es sencillamente un angelito muy pícaro, absolutamente metafórico, y al que se le confieren desde lo alto misiones harto peculiares. En este caso, la de enseñarnos a medir nuestras copas. Es más, la traducción más precisa de la palabra hebrea “satán” es “obstáculo”. Nada casual…

Mi intempestivo interés vitivinícola tampoco es casual. Es que desde ayer por la noche el pueblo judío está celebrando la festividad de Purim, en la que el libro de Ester es el centro de toda la fiesta, y créanme que no hay ningún otro libro en toda la Biblia que esté más embebido en vino que éste.

La historia es poco menos que fascinante y podría resumirla así: Hamán, un malvado primer ministro persa (¿tal vez antecesor de Ahmadinejad?) decide echar a suerte el día en que aniquilará al pueblo judío. En menos de 24 horas consigue la aprobación del rey Asuero, monarca del imperio más poderoso del momento. A los pocos días, no sólo fracasa el plan, sino que Hamán es colgado y su enemigo público número uno (Mordejai, el judío) es colocado en su lugar. Y todo gracias a una serie de enredos fundamentalmente femeninos, en los que se mezcla la belleza de Ester que termina siendo la reina, la traición, los complots, los banquetes y el vino.

Esta festividad es prácticamente la única oportunidad del calendario hebreo en que está permitido estar un poco “alegre”, obviamente sin llegar a emborracharse. A tal punto había un cuidado extremo por no llegar a niveles etílicos peligrosos, que al debatirse en el Talmud acerca de esta curiosa costumbre de Purim, se nos cuenta que un rabino asesinó a otro, de tan beodo que estaba.

De lo que se trata, como casi en todas las cosas, es de una cuestión de medida.

Porque así como el vino es el símbolo de la alegría plena –y como tal no hay celebración judía que no se acompañe de su consagración a través de esta generosa bebida–, es igual de cierto que su desmesura puede producir sencillamente a la muerte.

El relato de Purim, el libro de Ester, nos recuerda que todo puede darse vuelta. El que prepara la horca puede terminar ahorcado. El que estaba por ser ahorcado cabalga triunfante sobre el caballo del que lo quería ahorcar. Los judíos al borde de la masacre terminan también eliminando a sus enemigos, y sigue la lista…

Tal vez sea por ello que esta historia bíblica tenga la extrañísima particularidad de que el nombre de Dios no aparezca ni siquiera una sola vez entre sus párrafos. Quizás para insinuar que más allá de lo aparente, y más allá de aquello que creemos que podemos controlar en su totalidad, hay mucho más que nos excede.

En cada brindis los paisanos solemos decir “lejaim”, que significa “por la vida”.

Consagrarla o destruirla también es una cuestión de tragos.

© La Voz del Interior

3 de marzo de 2009

Fraternidad religiosa

Apostasía

Quien conoció a Jesús como su Salvador personal y gozó de comunión y bendiciones espirituales jamás apostatará de su fe, será fiel hasta la muerte. Por Daniel Annone.

Daniel Annone
Pastor evangélico. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

Cuando nació el cristianismo, el mundo entero estaba dominado por el poderoso Imperio Romano. La religión oficial era el paganismo con su multitud de dioses, hasta el mismo emperador era considerado divinidad y cada ciudadano del imperio debía, a lo menos una vez al año, rendirle culto, saludar su estatua y decir: ¡Ave césar!

Los cristianos desde el origen fueron monoteístas y rechazaron todo tipo de imágenes; creencia y actitud conservada por siglos y que les trajo grandes persecuciones. Efectivamente, el imperio capturaba a los cristianos y les exigía renunciar a su fe en Cristo y adorar al césar y a sus dioses, cosa que ningún cristiano podía aceptar. La pena era gravísima con torturas y muerte. Se hizo famoso el circo romano donde arrojaban cristianos a las fieras para que los despedacen y maten de manera muy atroz. Otros eran atormentados en las hogueras, cuando no crucificados, decapitados o ahogados en los ríos en clara alusión a su forma de bautizar por inmersión de los primeros cristianos. Las páginas de la historia están llenas de terroríficas escenas en las que los seguidores de Jesús se enfrentaban a la más tremenda decisión: mantener la fe y morir ejecutados o negarla renunciando públicamente y aceptando el paganismo para salvarse del tormento. A eso se le llamó “apostasía”.

El diccionario define apostasía como “negar la fe cristiana”. El verbo griego utilizado en el Nuevo Testamento significa: “volverse atrás, recaer”.

Cuenta la historia que Policarpo, un anciano pastor de la iglesia de Smirna en el Asia menor y que había sido discípulo del apóstol San Juan, fue llevado prisionero a Roma por ser cristiano, fue juzgado y condenado a morir en la hoguera. El verdugo le ofreció la última oportunidad de apostatar de su fe y salvarse del castigo diciéndole: “Policarpo maldice a Cristo, adora al césar y te perdono la vida”. La respuesta marcaría la diferencia entre la vida y la muerte, entre la fidelidad y la apostasía. Se hizo un profundo silencio y Policarpo dijo: “Durante 86 años he servido a mi Señor el Cristo y he recibido de Él toda clase de bendiciones, cómo pensáis que voy a negarle. Antes, estas llamas de la hoguera me ayudarán a llegar pronto a su presencia”, y tras dar un paso hacia adelante se arrojó voluntariamente, porque sabía el costo de su valiente decisión de fe.

Policarpo prefirió morir en la hoguera antes que apostatar de su fe, ¿por qué?.

¿Cómo se llega a ser cristiano?… ¿pasa algo cuando uno se hace cristiano?…

Quien ha experimentado en forma personal lo que Jesús llama “el nuevo nacimiento” y por lo tanto puede considerarse “una nueva criatura”, sabe muy bien que ser cristiano de verdad es algo muy profundo porque la persona ha entrado en una nueva relación con Dios. Ha sentido el perdón de sus pecados y obtenido la seguridad de su salvación.

Algunos predicadores han cambiado el mensaje que predicó Jesús y hoy ofrecen a las personas “prosperidad”, “sanidad de toda dolencia”, “lograr notoriedad, liderazgo, etcétera”. Sin previamente haber pasado bajo el poder de la Cruz, que transforma y redime de todo pecado. Muchos entran a las iglesias, se llaman cristianos, pero nunca tuvieron la experiencia transformadora de la fe. Iglesias llenas de bastardos y no de hijos, como lo define la carta apostólica a los Hebreos en 12:8.

Cristiano es el que ha nacido de nuevo. No se es cristiano simplemente por haber nacido en un país al que se llama cristiano. No existe un país cristiano. Debemos decir que en el país hay una mayoría de cristianos. Cristianos son los individuos que pueden aceptar o rechazar serlo haciendo uso de su libertad. Ni siquiera se es cristiano por haber nacido en una familia cristiana. Tampoco debe considerarse cristiano a un recién nacido. No existe rito alguno que haga cristiano a nadie. Se llega a ser cristiano por una decisión y acción personal en la que actúa el conocimiento, luego la fe y finalmente la voluntad personal de llegar a ser cristiano. Es algo así como cuando vamos al médico y éste encuentra en nuestro cuerpo una grave anomalía y nos dice: “Debe operarse porque de lo contrario le queda poco tiempo de vida”. La persona analiza la situación y decide operarse o no. Su decisión es para vida o para muerte. El paciente decide someterse a la operación, pero será el cirujano el que haga la acción. Así ocurre en el área espiritual, si una persona decide creer y aceptar a Jesús como salvador personal, será Él y solamente Él quien realizará el milagro de perdonar los pecados y transformar al individuo en una nueva criatura.

Esa es la razón por la que Jesús murió en la Cruz del Calvario realizando su sacrificio como cordero de Dios. Y cuando Dios obra en la vida del creyente los frutos luego demostrarán que en verdad es una nueva criatura

Quien conoció a Jesús como su Salvador personal y gozo de comunión y bendiciones espirituales jamás apostatará de su fe, será fiel hasta la muerte.

24 de febrero de 2009

Fraternidad religiosa

El último profeta de Dios

Un buen creyente debe tener fe en Dios y en el último de los profetas, y aceptar sus enseñanzas. Por Alí Alejandro Badrán.

Alí Alejandro Badrán
Imán. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

El próximo 8 de marzo de 2009, que en el calendario islámico corresponde al día 12 de rabíul auual del año 1430, se conmemora el 1.483 aniversario del nacimiento del profeta Mahoma (Mahummad), acontecimiento que si bien no es una fiesta religiosa dentro del Islam, sí es recordado por lo musulmanes en el mundo entero. Mahoma, como último profeta enviado por Dios a toda la humanidad, recién a los 40 años comenzó a divulgar la doctrina de la creencia en un Dios único, iniciando, así, su apostolado en la Tierra.

Hasta esa edad había llevado una vida normal, no se había distinguido como predicador ni como orador; era prácticamente iletrado, no hablaba de Dios, ni de los ángeles, ni de los libros sagrados, ni de los profetas de Dios, ni del día del juicio final; no poseía un carácter especial ni había en él nada notable que hubiera podido presagiar alguna cosa grande en el futuro. Era conocido entre sus parientes y amigos como una persona tranquila, amable, bien educada, respetuosa y que jamás demostró interés en actividades políticas ni religiosas. Era un simple comerciante, padre de familia, amante de la paz y la concordia.

El milagro se produce y su vida se transforma cuando se le presenta el ángel Gabriel informándole que ha sido elegido por Dios como su último profeta y mensajero en la Tierra, debiendo cumplir la misión sagrada que le es encomendada, apareciendo así Mahoma en la escena mundial como el gran reformador. Se produce una gran revolución que trata de cambiar las costumbres y la forma de pensar, y que pone los cimientos de un mundo mejor.

Entre sus primeros sermones que dirigía al pueblo, le decía: “Los ídolos que adoran son todas supercherías, dejen de adorarlos. Ninguna persona, ningún astro, ni estrella, ni piedra, ni estatua, ni árbol, ni animal, ni espíritu merece que se le rinda culto ni se le inclinen jamás ante ellos. El universo entero y todo lo que en él existe le pertenece al Dios único que es nuestro creador, nuestro mantenedor y único soberano, por eso solamente ante Él nos inclinamos, le rezamos y obedecemos sus órdenes. Todos los seres humanos somos iguales ante Dios. No hace distinciones de raza, ni de nobleza, ni linaje. Digan siempre la verdad, sean justos y sepan que las buenas acciones son siempre bien consideradas”.

No utilizó jamás la violencia y su conducta noble le atrajo hasta la amistad de sus enemigos. Gobernó con justicia y no se apartó jamás de la verdad, tampoco oprimió a nadie y sus actos eran ejemplo de rectitud. Era desinteresado, modesto, vivía sobriamente en una casa de barro, dormía en una estera, vestía humildemente y de su comida siempre repartía entre los pobres. Nunca fue orgulloso ni altivo y se mezclaba de tal forma entre su pueblo que difícilmente se lo distinguía como jefe de gobierno de su país, tanto es así que prácticamente no les transmitió ninguna fortuna a sus herederos. Combatió la idolatría, el politeísmo y creó una fe tan pura en la unicidad de Dios, base del sistema monoteísta. Subrayó que nadie podía reclamar la autoridad y la soberanía como derecho merecido por su nacimiento, que nadie nacía esclavo ni siervo, sino que todas las personas nacen puras, libres e iguales ante Dios.

En Mahoma encontramos un único ejemplo de personalidad en el que todas la excelencias se encuentran combinadas; además de profeta ha sido filósofo, fue un gran hombre de Estado, un genio militar, un legislador, un maestro no sólo de educación, sino también de moral, fue un guía religioso, una luz espiritual; fue quien armonizó la fe con el saber y quien creó el espíritu científico con la ayuda de la religión. Sus mandatos y órdenes abarcan un dominio ilimitado, desde la regulación de las relaciones internacionales hasta las costumbres cotidianas, como beber, comer y la higiene.

En una de sus últimas proclamas manifestó: “Yo soy un ser humano como ustedes. No he aportado nada de mi propia iniciativa. Todo me ha sido revelado por Dios y toda la gloria viene de Él. Todas las leyes, los principios que he anunciado y enseñado, ninguno viene de mí, que soy incapaz de producir tales cosas con mis capacidades personales, pero Dios me ordena y yo lo proclamó”. Esto es un ejemplo de franqueza, de honestidad, de rectitud y de grandeza. Este mensaje no está destinado a un determinado pueblo, a una nación, a un país en especial ni en un período particular de tiempo, sino que ha sido revelado para toda la humanidad, en todas las épocas.

Mahoma es el último profeta de Dios, todos los mensajes transmitidos, tanto por Él como los revelados a los profetas anteriores, están condensados en el sagrado Corán, complementados con las tradiciones, dichos y hechos del enviado de Dios. Un buen creyente debe tener fe en Dios y en el último de los profetas, y aceptar sus enseñanzas, siguiendo las vías que nos ha enseñado, que es el verdadero camino para la paz, el triunfo y la salvación.

Uas salamu alaicum (la paz sea con todos).

© La Voz del Interior

17 de febrero de 2009

Fraternidad religiosa

¿Evolucionismo versus fe?

La fe deberá estar abierta a la investigación científica, y ésta deberá también escuchar los argumentos de la fe, que algo puede aportar a la comprensión más integral de la vida. Por Juan José Ribone.

Juan José Ribone

Sacerdote católico. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

En una nota periodística acerca de Charles Darwin se dice: “El hombre que destronaría al ser humano de su lugar de privilegio en la naturaleza… nacía hace 200 años” (La Nación, 12/02/09); como deduciendo que el naturalista inglés se había propuesto con su teoría científica, despojar al hombre de esa condición que ostentó durante siglos y siglos.

Sin embargo, el hombre no es un objeto más de la naturaleza, en igualdad de condiciones que todos los demás seres animados; ninguna teoría científica puede quitarle el privilegio de ser el centro y la cúspide de esa naturaleza, más allá de la evolución de las especies, por selección natural como sostenía Darwin. En la Biblia, en el libro del Génesis (capítulos 1 y 2), el autor lo pone al hombre (varón y mujer: ish-isha) en el centro de la creación-evolución, gozando de la naturaleza, y el otro texto en la cúspide de la creación-evolución superior a los demás seres, lo cual no le da derecho al ser humano de despojar y/o destruir el medio ambiente, sino de cuidarlo y protegerlo en virtud de su capacidad racional.

En otra nota (La Voz del Interior, 08/02/09) se dice : “El evolucionismo es maravilloso como teoría científica pero cruel como postura filosófica y religiosa. Nos ningunea como seres humanos. Nos hace arrastrar ante el poder de la naturaleza”. Digo que sin lugar a dudas, el evolucionismo quedó enfrentado durante estas dos centurias con posturas filosóficas y teológicas; pero hay algo que debe quedar claro: el evolucionismo es una teoría científica y no teológica; por eso la teología, en diálogo con la ciencia, debe escuchar, conocer sus argumentos y luego dar una respuesta desde su lugar. Desde la fe decimos que la naturaleza en su evolución y desarrollo no es fruto del azar, sino de causa superior, de una inteligencia suprema que la pensó y la puso en marcha como señala simbólicamente el Génesis al hablar del acto creador de Dios, explicando que el hombre es la perfección de la naturaleza.

Durante décadas se dio una lucha feroz entre el evolucionismo darwiniano como contrapuesto al creacionismo, de modo que muchos encontraron en esa teoría científica el apoyo para destronar a Dios de su condición de Creador. Como todas las cosas son frutos del azar, luego Dios ya no tiene ni arte ni parte en la conciencia colectiva de la humanidad, ni hace falta creer en él para encontrar la razón última de la existencia de todo. Es que lamentablemente se ha separado con tanta absolutez la ciencia de la fe, la razón de la fe, que pareciera que una y otra nada tienen en común. Para muchos, la fe en Dios no es otra cosa que un infantilismo desprovisto de sentido, en el que buscan refugiarse desesperadamente los que no confían en la ciencia; o, por otra parte, la madura civilización científica, que hace alarde de su razonabilidad, aparece como la respuesta última y más humana acerca de la naturaleza. ¿Es posible que Dios y el hombre sean rivales eternos, porque creer en Dios sería quitarle razonabilidad al hombre que piensa; o porque creer en el hombre y en su razonabilidad es más convincente que aceptar a Dios?

En los primeros días de marzo se iniciará en Roma un congreso en el que científicos, filósofos y teólogos de todo el mundo se darán cita para discutir, debatir y llegar a algunas conclusiones sobre el evolucionismo y la fe; que para mi entender, deben complementarse y enriquecerse mutuamente. Comprendo que hay fundamentalismos de ambas partes: del cientificismo y de la fe. La fe deberá estar abierta a la investigación científica y ésta deberá también escuchar los argumentos de la fe, que algo puede aportar a la comprensión más integral de la vida.

El salmo 8 expresa la grandeza del hombre, creado a imagen y semejanza de Dios: ¿qué es el hombre para que te acuerdes de él? Lo hiciste poco inferior a los ángeles, lo coronaste de gloria y dignidad, le diste el dominio sobre las obras de tus manos, todo lo pusiste bajo sus pies… ¡Señor, nuestro Dios, qué admirable es tu nombre en toda la Tierra! Por eso, la fe celebra al hombre no como uno más de la naturaleza, puesto a un costado, y que con él se puede hacer lo que se quiera, como un eslabón material más, sino como centro y cumbre del cosmos; y por eso, digno de ser amado, respetado y custodiado.

Celebramos todos los adelantos científicos, pero sepamos que la ciencia no es la única ni última palabra. El diálogo entre ciencia y fe es aún un capítulo a trabajarse seria y responsablemente. Como le gustaba decir a Juan Pablo II: la razón y la fe son las dos alas del espíritu humano con que hay que buscar la verdad, una verdad integral del mundo, del hombre y también de Dios.

© La Voz del Interior

3 de febrero de 2009

Fraternidad religiosa

Ateos en el colectivo equivocado

Al decir del Talmud, es como si Dios enunciara: “No me importa que crean en mí, pero sigan mis leyes”. Por Marcelo Polakoff.

Marcelo Polakoff

Rabino. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

“En el siglo XIX, el problema era que Dios estaba muerto; en el siglo XX, el problema es que el que está muerto es el hombre”.

Erich Fromm. Nos hallamos en los principios del siglo 21, y muchas cosas hacen suponer –con algún grado de pesimismo realista– que al final de esta centuria tal vez la descripción más precisa sea la de un “doble asesinato”: un siglo sin humanos, y sin Dios.

Son épocas complicadas, donde el relativismo peca paradójicamente por absolutismo, sufriendo así su más profunda condena. Es que si todo es relativo, también esa misma afirmación lo es, pero si ese postulado es lo único que no es relativo, pues entonces es absoluto y automáticamente la idea de que todo es relativo deja de tener sentido. Parece un jueguito de palabras, pero créanme –un verbo muy atinado en estos lares– que no lo es. Ya lo afirmaba Bertrand Russell, uno de los pensadores más brillantes del siglo pasado, cuando pensaba sobre los peligros de una moral desprendida de la idea divina y decía: “No se me ocurre cómo refutar los argumentos del subjetivismo de los valores éticos, pero me encuentro incapaz de creer que todo lo que es malo y cruel sea aquello que sencillamente no me gusta”.

Albert Einstein escribía: “Percibir que por detrás de todo lo que puede ser vivenciado hay algo que nuestra mente no consigue captar, y cuya belleza y sublimidad nos rozan apenas indirectamente como un tenue reflejo, eso es religiosidad. Y en ese sentido soy religioso”.

Estas reflexiones aparecen aquí pues hace pocos días arribó a nuestras tierras (made in Europe) la nueva moda urbana del ateísmo activo, impulsada indudablemente con algún grado de basamento filosófico, pero básicamente apoyada en un marketing poderoso. Con origen en Londres y sus famosos colectivos rojos de dos pisos, estos pintorescos autobuses fueron decorados con la siguiente leyenda: “Dios probablemente no exista, así que deje de preocuparse y disfrute de su vida”. La idea prendió rápidamente en otros países.

Aclaremos un punto básico: no tengo nada en contra de los ateos (mientras no se confunda el ateísmo con una actitud antirreligiosa). Es más, en cierta forma hay veces en que les envidio esa liviandad del ser, al no sentirse ni observados ni interpelados por un ente superior. Claro que en el fondo se me aparecen como aquellas personas que tienen enfrente de sus ojos un tesoro, pero están completamente imposibilitadas de aprehenderlo. En última instancia, como me decía un viejo amigo, no es tan importante que uno crea en Dios; muchísimo más importante es que Dios crea en uno.

Así lo afirman las fuentes judías, al poner más énfasis en la acción que en la fe, ya que al decir del Talmud, es como si Dios enunciara: “No me importa que crean en mí, pero sigan mis leyes”. Por supuesto, y a fin de cerrar el círculo, el Talmud termina insinuando: “Porque si siguen Mis leyes, creerán en Mí”.

A tal punto llegaban las discusiones de los sabios que se permitían preguntarse –bajo la absoluta libertad de pensamiento que caracterizó y caracteriza al pueblo hebreo– cuál había sido el sentido de que justamente Dios habilitara la posibilidad de negar su propia existencia. La respuesta es maravillosa: postulaban que la negación de Dios es completamente necesaria para evitar disipar las angustias de este mundo con un cálido y a la vez malicioso “¡que Dios te ayude!”. Vale decir que nuestros rabinos nos enseñan que ante cualquier situación cotidiana donde la presencia de cada uno de nosotros (en formato de esencia y de acción) es requerida para dar una mano, la conocida salida “que Dios te lo pague” es precisamente una afrenta a lo divino, mientras que un “ateísmo momentáneo” es lo que termina reafirmando a Dios.

Entonces, si releemos el mantra ateo que predica “Dios probablemente no exista, así que deje de preocuparse y disfrute de su vida”, veremos que –desde lo que me permito interpretar en las fuentes judías–el problema más serio que presenta esta propuesta no es la probable inexistencia de Dios, sino la consecuencia que se promueve, que es la de dejar de preocuparse y la de disfrutar la vida.

La falacia profunda radica allí, al separar la preocupación del goce. Y es en ese nudo complejo donde se halla uno de los núcleos de lo íntimamente más religioso. Si me preocupo, no desde el miedo y el temor al castigo divino, sino desde la propuesta de “seguir Sus leyes”, si me maravillo no sólo ante la omnipotencia de lo divino reflejado en la naturaleza del universo y de cada ser que me interpela desde mi propia potencia, si no me escudo en lo subjetivo y relativo para dejar caer al prójimo, entonces mi preocupación se torna disfrute. Y la vida y Dios van de la mano.

Por eso, y con el permiso de los incrédulos autores de la idea, permítanme recrear el lema y clamar: “Dios existe, así que empiece a preocuparse y disfrute de su vida”.

Me parece que este colectivo nos deja más cerca.

© La Voz del Interior

http://www2.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=486628

27 de enero de 2009

Fraternidad religiosa

El ejemplo del buen samaritano

El mundo espera hoy que comprendamos que nos necesita, necesita lo que somos y tenemos, nada nos vamos a llevar de esta vida, pero lo que tenemos lo podemos utilizar decididamente en ayuda del prójimo. Por Daniel E. Annone.

Daniel E. Annone

Pastor evangélico. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz. Comipaz

Un hombre preocupado por el antiguo mandamiento de Dios que dice “amarás a tu prójimo como a ti mismo” le preguntó a Jesús ¿quién es mi prójimo? Y entonces el gran maestro le contestó, relatándole una historia que conocemos con el nombre de El buen samaritano, y que contiene grandes enseñanzas. Jesús le dijo:

“Un hombre que iba por un camino solitario cayó en manos de ladrones, los cuales lo hirieron y despojaron de todo lo que llevaba dejándolo medio muerto. Pasó por allí un religioso, lo vio mal herido pero, como iba a cumplir sus importantes deberes, pasó de largo. Momentos después iba en el mismo camino un servidor público; éste se acercó, lo miró atentamente, pero también siguió de largo porque se le hacía tarde para cumplir sus muy importantes obligaciones. Un extranjero, samaritano y enemigo, acertó a pasar también por allí, se acercó al pobre hombre malherido y al verlo fue movido por la misericordia. Bajó de su cabalgadura, trató de reanimarlo, limpió sus heridas, le puso aceite y vino –pues no tenía otra cosa consigo– e inmediatamente lo llevó hasta un pueblo cercano y pagó para que lo atiendan con diligencia y lo curen y luego siguió su camino”.

Esta parábola muestra tres clases de personas. Los primeros son los ladrones. Hoy como ayer abundan y están en todas partes y en todas las clases sociales; no es cuestión de pobres sino de actitudes. Es la filosofía de vida que dice simplemente: “lo que es tuyo es mío” y lo arrebatan. Una manera rápida de lograr bienes y perder la seguridad. Hoy se han multiplicado o han perdido la vergüenza de pertenecer a este grupo y se muestran ostentosamente en arrebatos, asaltos domiciliarios, robos en general y se deben incluir también los ladrones de guantes blancos, los que hacen fraudes, negociados y explotan al prójimo como en las peores épocas de la vil esclavitud.

La violencia y la crueldad son parte de la metodología de quienes se creen con derecho de arrebatar lo ajeno y hacerlo propio. Muchos se sienten víctimas y excluidos en un sistema injusto, y creen que al robar simplemente están recuperando lo que la sociedad les negó y les debe. Por eso dicen “lo que tu tienes me pertenece a mí”.

El segundo grupo está representado por personas buenas, muy buenas, y Jesús utilizó en el relato a un religioso y a un servidor público. Son las personas que cumplen sus deberes responsablemente, son los bondadosos a los que se refirió el doctor Martín Luther King, Premio Nobel de la Paz, cuando dijo: “Nuestra generación no se habrá lamentado tanto de los crímenes de los perversos, como del estremecedor silencio de los bondadosos”.

Éstos miraron al herido, no le quitaron nada, serían incapaces de hacerle daño, tienen como lema: “Lo que es tuyo es tuyo y lo que es mío es mío”. No le quitan nada a nadie, pero tampoco le dan nada.

Pero hay una tercera clase de personas representada en el relato por un extranjero, con cuyo pueblo estaban enemistados, pero que tenía un corazón noble. Su lema sencillamente fue: “Lo que es mío es también tuyo” y no se lo negó.

Desde siempre ha habido personas que pertenecen a este grupo, hombres y mujeres que aprendieron y practicaron que al prójimo hay que amarlo y que en la vida es mucho mejor “dar que recibir”. Es un gran privilegio servir a los demás, porque recompensa con mucho gozo.

En la sociedad abundan quienes sólo buscan sacar partido de cualquier ocasión, apoderándose muchas veces de lo ajeno sin importarles el daño que causan. También abundan aquellos que al decir del doctor Luther King, son peores que los perversos con su estremecedor silencio e indiferencia.

El mundo espera hoy que comprendamos que nos necesita, necesita de lo que somos y tenemos, nada nos vamos a llevar de esta vida, pero lo que tenemos lo podemos utilizar valiente y decididamente en ayuda del prójimo.

El mundo necesita de personas que como el buen samaritano, tengan como lema “Lo que es mío también es tuyo”. El Comipaz y muchísimas instituciones de bien ofrecen la oportunidad de abandonar la indiferencia y comprometerse para que el mundo sea un poco mejor.

© La Voz del Interior  http://www2.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=484669

20 de enero de 2009

Fraternidad religiosa

El sistema social en el Islam

El sistema moral del Islam es innato en las personas a través de los tiempos, y ha servido como modelo de comportamiento, aprobando ciertas cualidades y rechazando otras. Por Alí Alejandro Badrán.

Alí Alejandro Badrán

Imán. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)

El sistema social islámico parte del principio de que todos los seres humanos son iguales ante Dios y que en conjunto todos constituyen una fraternidad universal.

Dios creó a la pareja humana, anunciando así el comienzo de la vida del género humano en la Tierra; por lo tanto, todas las personas que hoy habitan este mundo provienen de esta primera pareja. Por un tiempo, en los estados primitivos, los descendientes de esta primera pareja permanecieron como un único grupo, tenían la misma religión y hablaban el mismo idioma, si bien había algunas pequeñas diferencias.

Pasado el tiempo, el número de sus descendientes fue creciendo gradualmente, se fueron extendiendo y expandiendo por la Tierra, y como resultado de su diversificación y crecimiento se dividieron en varias tribus y nacionalidades. El medio ambiente, los diferentes climas meteorológicos, las influencias de los distintos lugares donde se radicaban en la Tierra alteraron su color y sus rasgos fisonómicos, físicos y anímicos.

Todas estas diferencias son variaciones naturales que existen en el mundo de la realidad actual, y que el Islam las reconoce como tales, que no las ignora.

Pero los prejuicios que se han levantado entre el género humano, a partir de estas diferencias, no se basan sólo en la raza, color, idioma o país, sino que también en ideas, creencias o principios. Por eso el Islam busca construir una sociedad libre de preceptos de racismo, basándose siempre en los buenos principios morales, y que todos tengan los mismos derechos en este sistema social.

La institución principal y fundamental de la sociedad humana es la unión de un hombre y una mujer, ya que su contacto trae a la existencia una nueva generación. Entonces se producen lazos de familiaridad y comunidad, que gradualmente van a desarrollar una sociedad más grande.

La familia es la institución a través de la cual una generación va preparando a la generación que le sigue y que la reemplazará para el servicio de la civilización humana.

La familia puede ser llamada verdaderamente la fuente principal del progreso, del desarrollo, de la prosperidad y de la fortaleza de la civilización humana en la Tierra. Por eso es que, entre los problemas sociales, el Islam le dedica mucha atención a todo lo relativo a la familia.

El sistema moral del Islam es innato en las personas a través de los tiempos, ha servido como modelo de comportamiento, aprobando ciertas cualidades y rechazando otras. Esta es una facultad instintiva que puede variar de un individuo a otro, puesto que la conciencia humana nos da un veredicto a favor de ciertas cualidades morales como buenas, y a otras las declara como malas.

Por el lado de las virtudes morales, la justicia, el coraje, la valentía y la verdad han obtenido siempre alabanzas, mientras que vemos que la historia no registra ningún período digno de nombrar en que la falsedad, la injusticia, la deshonestidad y la traición puedan ser apoyadas.

Siempre hemos apreciado la perseverancia, la determinación y la valentía, pero nunca hemos aprobado la impaciencia, la cobardía y la imbecilidad. La dignidad, la moderación, la amabilidad y la cortesía han estado a través del tiempo contadas entre las virtudes, mientras que el esnobismo, la mala conducta y la rudeza nunca han sido reconocidos como buenas cualidades morales.

Las personas con buen sentido de responsabilidad y dedicación al deber siempre han ganado la más alta estima de la gente; en cambio, las personas incompetentes, perezosas y sin sentido del deber, son mal miradas y sus actos rechazados.

Similarmente, con relación a los patrones de lo bueno y lo malo en el comportamiento colectivo de la sociedad como un todo, el veredicto siempre ha sido unánime por el bien.

Es vista como digna de honor y respeto esa sociedad que posee las virtudes de organización, disciplina, afecto mutuo y el sentimiento de solidaridad entre sus miembros y con un orden social basado en la justicia, la libertad y la igualdad de la gente.

Como opuesto a esto, desorganización, indisciplina, anarquía, desunión, injusticia, desequilibrio social, han sido siempre considerados como manifestaciones de desintegración y decadencia.

Robos, asesinatos, fraudes y adulterios siempre son condenados. La calumnia y el chantaje son malas actividades sociales. El cuidado de los ancianos, asistir a los débiles y a los huérfanos, a los enfermos y a los necesitados, son cualidades siempre valoradas, realizadas por personas virtuosas, bondadosas y sinceras, de las que no se puede esperar otra cosa más que el bien, para conformar una sociedad humana sana y que viva siempre en paz, con Dios y consigo misma.

© La Voz del Interior  http://www2.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=482772

06 de enero de 2009

Fraternidad religiosa

Cuando gritar es bueno

El conflicto entre el estado de Israel y el grupo extremista Hamas deja una notable marcha atrás en el vínculo entre judíos y musulmanes. Por Marcelo Polakoff.

Marcelo Polakoff

Rabino. Miembro del Comité Interreligioso por la Paz (Comipaz)Llegó una vez un predicador a una ciudad y comenzó a gritar, en su plaza mayor, que era altamente necesario e imprescindible un cambio de actitudes en la gente del lugar. Una multitud considerable acudió a escuchar su voz, más por curiosidad que por interés. Y el predicador ponía toda su alma en sus ruegos, exigiendo el cambio de las costumbres. ¡No asesinen!, ¡basta de violencia!, ¡terminen con las mentiras!, ¡busquen la paz!, ¡resuelvan sus diferencias a través del diálogo! Esas eran las consignas. Pero, según pasaban los días, eran cada vez menos los curiosos que lo rodeaban y ni una sola persona parecía dispuesta a cambiar de vida. El hombre no se desalentaba y seguía gritando incólume. Hasta que un día ya nadie se detuvo a escuchar sus palabras. Y mientras tanto, como si nada, él seguía gritando en la soledad de la gran plaza. Y pasaban los días. Y el predicador seguía gritando. Y ya nadie lo escuchaba.

Cuentan que un niño –de puro inocente– se acercó y le preguntó: “¿Por qué sigues gritando? ¿No ves que nadie está dispuesto a cambiar?”. Tardó unos segundos en responder, hasta que suavemente le confesó al niño: “Al principio gritaba para intentar cambiar a la gente y, sin embargo, ahora sigo clamando para que ellos no me cambien a mí”.

Tengo una confesión parecida. Que se mezcla con un poco de miedo. Y la paso a detallar.

El conflicto entre el estado de Israel y el grupo extremista Hamas ha dejado (o mejor dicho, está dejando), amén de un número muy importante de víctimas y de heridos, una notable marcha atrás en el vínculo existente entre las comunidades judías y musulmanas alrededor del globo. Más allá de las razones y de los argumentos que se esgriman a favor y en contra de esta operación militar de defensa por parte de Israel, mi posición en este tema (que por supuesto la tengo, y como casi todas, es también parcial) no es relevante en este espacio de fraternidad religiosa.

Lo que sí me resulta relevante es que la semana pasada nos reunimos en la Catedral, a partir del Comipaz, cristianos, musulmanes y judíos, en una plegaria compartida para alzar nuestras voces por una resolución pacífica del conflicto de Medio Oriente.

Y aun cuando el momento en sí tuvo una gran significancia, y mucha repercusión mediática, al otro día tenía una sensación similar a la del predicador en la plaza.

No es que sostenga que la plegaria no tenga sentido, o que lo que hagamos aquí –a tanta distancia de los tiros– no tenga alguna influencia allí, por más nimia que sea. Para nada. Hay que seguir haciéndolo, e incluso redoblarlo. Pero mi confesión va por una arista distinta.

Quiero seguir clamando, no necesariamente para producir alguna modificación en Medio Oriente, sino para evitar que las esquirlas del conflicto puedan atentar contra la convivencia que supimos construir aquí. De allí mi miedo y mi confesión.

Bien sabemos que, aunque no lo querramos, el conflicto está teñido de lo religioso, y es probablemente desde ese punto específico, en conjunción con lo político, desde donde se podrá desenmarañar de una vez por todas.

Tener a mano –o en la mano– la Torá, los Evangelios o el Corán, no es garantía de nada. Semejantes volúmenes de sabiduría divina, entremezclada con la lectura humana, también pueden ser utilizados para romperle la cabeza al prójimo como a uno mismo. No hace falta más que un dejo de conocimientos, un toque de picardía y mucha retórica para hallar los versículos precisos que justifiquen las barrabasadas más cruentas.

Y cuando lo religioso se separa de lo ético o lo piadoso, entra en combustión y se convierte en la nafta más apropiada para alimentar los odios más primitivos e irracionales. Por supuesto, y a Dios gracias, lo contrario es (¿es?) la norma. Y desde nuestros textos sagrados buscamos inspiración para fomentar el encuentro.

Hace escasos meses, en esta misma tierra cordobesa, musulmanes y judíos celebramos en conjunto Rosh Hashaná y Id-al-Fitr (el Año Nuevo judío y la Fiesta del Final del Mes del Ayuno musulmán, el Ramadán). Fue un gesto que creemos inédito. Pero a la vez fue una señal de que solamente de nosotros mismos dependen nuestros vínculos.

En tiempos difíciles suelen despertarse actitudes extremas, ya sea para el lado de la vergüenza o el del coraje.

No es hora de dejarse contagiar por la violencia extremista. Es el momento de la valentía de los moderados, los que tenemos que seguir gritando juntos que hay otro modelo, y que hay otras maneras de vincularnos.

Que no nos cambien.

No tiene mucho sentido quedarse gritando solo.

© La Voz del Interior http://www2.lavoz.com.ar/nota.asp?nota_id=478753

Deja un comentario

Fill in your details below or click an icon to log in:

Logo de WordPress.com

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Cambiar )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Cambiar )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Cambiar )

Connecting to %s

Seguir

Get every new post delivered to your Inbox.